sábado, 14 de enero de 2012

EL ÚLTIMO SUEÑO

                                                                                                                           A él, que conoce de cucarachas.

 Tendida, aprisionada y con los ojos entreabiertos logró desprenderse. Recorrió con la mirada su cuerpo mientras quitaba la sabana que lo cubría. No encontró sorpresa en él, era la misma pesadilla: con cientos de cucarachas en sus pies intentando sin ningún resultado llegar al resto de sus extremidades y sintiéndose acorralada por el olor a muerto que emergían de las moscas que sobrevolaban el espacio. Aquello no estaba tan alejado de la realidad, y la voluntad por mantener aquellas cucarachas alejadas se estaba convirtiendo en el hilo desgastado y podrido de donde cuelga el más pesado saco de arena que no para de tambalearse y de corroer los ojos mientras salpica.


Nunca faltaba en su sueño el sonido de la polilla que roía hasta el más fino pensamiento. La idea de la muerte que llegaba con aquel lento sigilo que aturde, así como el andar de la serpiente deseando no ser descubierta. La negra imaginación que trastorna mientras se pasea por la sangre tomando el mismo recorrido del veneno para rata al tratar de ubicar un refugio en cualquier rincón del cerebro.


En la entrada de su memoria, siempre se mantuvo el enorme pantano espeso y maloliente imposible de cruzar. Sus pies se hundían en él como exigiendo algo que le pertenecía. Reposaba en el aire el mismo olor fétido de donde se desprenden las más repulsivas larvas a punto de reproducirse. Los ciempiés caían sobre ella atravesándole al cabello y escarbando para hallar un reposo húmedo y digno de atacar. Entre el desasosiego, su voz se perdía en el intento por gritar, y los labios impedidos por la llaga del silencio tomaban una forma inútil e indescifrable. En medio de sus pasos sobre aquellas cucarachas aumentaba el reguero de jugos sangrientos y viscosos junto con las desmembradas anatomías. Resultaba inútil el deseo por deshacerse de ellas, era eso precisamente lo que las alimentaba y multiplicaba, por eso el crujir de aquellas vísceras llegaba a sus oídos con la misma intensidad de un taladro devorándole las sienes muy lentamente.


Aquel sueño reposaba entre restos de carne descompuesta en la que no cabía un orificio más para la absurda cantidad de gusanos desesperados que por allí corrían. Le bastaba la misma sensación de aquellos animales carcomiéndole el enredijo de tripas, flujos y mocos que llevaba por dentro para saber que se estaba deshaciendo en el aliento agotado de quien se despide. Reconocía los cuerpos que se acercaban a ella casi sin juicio queriendo llevarla vertiginosamente a perderse en la niebla espesa de su conciencia.


Sabía que se trataba de un sueño y que estaba allí, frente a ella misma, mirándose, custodiándose, tratando de impedir que aquellas cucarachas que cubrían tupidamente sus pies pudieran avanzar mucho más, pero aun así, de sus pies sólo se divisaban algunas de las membranas que recubrían los huesos gracias a que estaban empezando a devorarla completa y sin compasión. Notó que mientras se miraba fijamente, la debilidad y la angustia que había en su rostro, sólo le producía una continua somnolencia, un insistente cansancio. Pasó su mano a lo largo del que era su cabello, a pesar del líquido verde y pegajoso que salía de este. Apareció entonces una calma sin ningún efecto sobre las cucarachas y sobre las hendiduras que ahora la conformaban. Su hondo pecho se hinchó de manera tan acelerada que pareció soltar un engañoso suspiro de esperanza. En aquel preciso instante se vino abajo un trozo de su cuerpo envuelto entre un sinnúmero de hormigas y gusanos, gracias al estado de putrefacción en el que se encontraba. Fue ahí, en medio de tanta materia triste y mortal donde se dio cuenta que algo empezaba a tomar forma, que aquello de lo que tanto había huido empezaba a aferrarse a sus párpados como las marcas que dejan las sanguijuelas a su paso.

Xururuca

domingo, 20 de noviembre de 2011

Poemas

Parado a la orilla de un rio
Se encuentra Dios
Pensativo, impotente
Un rio que no va a ningún lado
Pero aun asi arrastra sus cadáveres.


El arroyuelo nunca es igual a si mismo
Su última, absoluta esencia
Es la piedrecilla que atraviesa su eterno viaje

Ritual maravilloso
Verano de los niños a orillas del alma.







 Javier Córdoba Cuevas.

EL PAGO DE JESÚS

Mientras se desangraba por todos lados, Cristina recordaba cómo se había metido en aquel lío. La noche anterior se arregló como todos los fines de semana, sacó del closet su traje de puta más sugerente, y estaba consciente de ello; sin hacer el más mínimo caso a lo que le decía su madre, se fue dispuesta a encontrar uno o tal vez dos hombres que le quitaran por enésima vez su virginidad.
     Llegó a un bar de prostitutas miserables y hombres desesperados, esperando calmar rápidamente la sed insoportable que le estaba incinerando el cuerpo por dentro. Sin perder el tiempo, observó a todos los hombres buscando a su víctima y como una pieza sobrante del rompecabezas miró a un joven que parecía haber salido de un cuento de hadas, era demasiado hermoso y muy inocente para atreverse a ir a ese lugar; aunque debió tener en cuenta ese pequeño detalle, no se detuvo a pensarlo.
     Se acercó al rincón desde donde el joven miraba a todos con timidez, al llegar lo besó de sorpresa en la boca y le dijo sin preámbulo: - ¿Nos vamos de aquí?-. El muchacho un tanto desconcertado, pero con satisfacción por dentro, le dijo: -Está bien, vamos a mi casa.
     Apenas llegaron, se le lanzó al joven y comenzó a meter sus manos por donde no debía, él sólo la dejaba. Ella tomó las manos del muchacho y las metió en su entrepierna, mientras él sonreía, pero sentía en ese momento que su estomago no soportaría más; así que la detuvo, la tomó por los hombros y le preguntó: -¿Crees en Dios?  - Si creyera en Dios no estaría aquí, sería como Magdalena y yo soy una descarada que no cobra.
     El joven la miró extrañado y le pidió que esperara un momento, al regresar la tomó por sorpresa y la golpeó en la cabeza tan fuerte que la mujer no tuvo tiempo de ver con qué. Qué sorpresa se llevó Cristina cuando despertó y a sus pies había un charco de sangre que salía de sus manos, sus pies, su cabeza y muchos lugares más.
     Gritaba como psicótica porque el muchacho hermoso e inocente la había clavado de manos y pies a la pared, no se explicaba cómo no había podido sentir semejante dolor hasta cuando despertó; ahora estaba sola en ese cuarto enorme pensando entre su dolor, en lo que había pasado. El joven apareció de repente, pero su rostro  había cambiado, traía en sus manos la Biblia y un pedazo de metal caliente con el cual marcó a Cristina en el costado. Le empezó a leer un capitulo de la Biblia mientras ella agonizaba, al terminar le dijo: -No te preocupes, esto es sólo una manera de enseñarte que Dios está en todas partes; y aunque no cobres, Jesús mi señor te está pagando.
     En su desesperación, Cristina soltó una de sus manos, que se desgarró por completo y le aumentó el dolor que ya sentía; pero en su mente de puta sólo había algo, dejó de gritar soportando el dolor y le dijo al muchacho: - La próxima vez diré que sí creo en Dios. Él negó con la cabeza, tomó un cuchillo filoso y lo último fue el grito desgarrador de una puta sin costo.
                                                                                                                     María Alejandra Zambrano

Abuelo, sabía que…

En uno de los barrios apartados y desconocidos de Cartagena estaba Leonardo, vestido con pulcritud como siempre, paseando de un lado a otro en la terraza enrejada de su casa. De tanto ir y venir se le había empezado a desgreñar el cabello, esmeradamente peinado hacía el lado izquierdo de su rostro. caminaba cabizbajo y con el ceño fruncido porque sus padres partieron desde muy temprano al mercado a comprar la provisión del mes próximo, y a él lo dejaron en compañía y cuidado de su abuelo Pedro, quien desde hace tres meses vive con ellos por achaques de salud. Aunque el verdadero motivo por el que Leonardo se preocupa e impacienta, es porque no ha podido realizar su actividad preferida de los sábados por la mañana: sacar la libreta de apuntes que guarda en su bolsillo izquierdo y recitarle a su papá las cosas que aprendió en la semana de clases. Eso le dice a Claudia y a Sergio, sus mejores amigos, cuando le preguntan el por qué de la libreta, pero Leonardo que adrede acostumbra omitir secretos, incluso a sus mejores amigos, sabe a la perfección que sólo escribe en la libreta y lee a su padre lo que más le impactó, no importando que sea lo menos importante a la hora del examen. Su padre, luego de escuchar con muecas de interés, le da un fuerte abrazo y escogiendo las palabras le dice, asegurándose de que escuche la madre en la cocina, y el abuelo absorto en sus pensamientos, lo orgulloso que se siente de tener un hijo tan inteligente y juicioso. Y Leonardo, sin modestia, asiente con la cabeza guardada en los brazos de su padre.
El sol empezaba a calentar las baldosas rojas de la terraza, y a Leonardo le brillaban algunas gotas de sudor en su frente y nariz. Finalmente se detuvo y miró a través de la puerta abierta de par en par al abuelo Pedro, abstraído en una silla viendo un programa de animales en la televisión. Se le dibujó una tenue sonrisa y miró al abuelo, esta vez como si aquel señor canoso de ojos perdidos, padre de su madre, vestido como si fuera para playa, fuese el mayor regalo del día. No esperaría más a su papá, así que caminó al encuentro de su abuelo. Mientras camina nota que las piernas del abuelo brillan hinchadas, tal vez porque le prohibieron realizar su actividad preferida: pescar. Parado diagonal a él quiso interrogar la razón por la cual mueve apasionada y constante la boca, pero apenado prefirió ir al grano.
¾                Abuelo Pedro.
¾               
¾                ¡Abuelo!
¾                Sí, hijo –reaccionó, como sacudiéndose un tedio de mil años.
¾                ¿Puedo interrumpirlo?
¾                Tú dirás Leonardito –aceptó, intrigado por el sorpresivo abordaje de su nieto, quien suele ser distante y silencioso.
¾                Abuelo, sabía que… -se interrumpió para sacar la libreta de su bolsillo y abrirla con ambas manos en la parte que necesitaba leer-. Abuelo -repitió, asumiendo una postura como de revelador de misterios universales-, usted sabe cómo se alimenta la aglomeración de diminutas gotas de agua y de cristales de hielo suspendidas a diferentes alturas en las capas bajas de la atmosfera.
¾                ¡Qué, qué!
Leonardo, con la misma expresión de su profesora cada vez que le toca repetir, le tomó la mano al abuelo Pedro y señaló el pedazo de cielo azul manchado de blanco que se encuadraba en la parte superior de la puerta.
¾                ¡Ah… las nubes! Creo que sé de qué se alimentan –dudó, más que por no estar seguro, por seguir hablando con su nieto.
¾                Verá, lo que en resumen ocurre es que… todo hace parte de un ciclo, es decir de un círculo. Entonces, en cierto tiempo del año, de todos los años, el agua de la superficie terrestre, con la ayuda de un fenómeno llamado evaporación, se eleva en forma de gas a la atmosfera, y se eleva y se eleva y se enfría y se transforma en agua. Justo en ese momento la aglomeración se alimenta, para luego descargar lo que se comió. Y así sucesivamente.
¾                O sea, las nubes comen porque son parte de un eterno perro mordiéndose la cola, mm… Leonardito, eso no es así.
¾                Claro que sí. Lo dijo la profesora Rosa Escamilla y yo lo volví a leer en mi libro de naturales –asintió en forma retadora.
¾                Que no.
¾                Que sí.
¾                Yo te diré de qué se alimentan las nubes: de los peces del mar. Yo mismo lo vi con estos ojos que empiezan a ensombrecerse. Las nubes prefieren las noches más negras y solitarias para comer. Noches en que todos sueñan. Yo estuve en una de esas noches, en medio de un mar calmado. De pronto, empezó a estremecerse mi panga y oí sonidos espantosos. A pesar del temblor de mi bote y mi cuerpo, logré alcanzar mi linterna y apunte al lugar de donde provenían los gritos y vi cómo las nubes abrieron unas enormes bocas grises  y absorbían, entre cántaros de agua salada, todos los peces que estaban a su alcance: ballenas, tiburones, delfines, peces espadas, peces sierras, toda clase de pequeños peces, todo. Como es de esperarse esa noche no pesqué nada, sin embargo le dí gracias a Dios porque no fui una presa más de aquella cena exagerada.
¾                Abuelo, usted perdone, pero eso no es así –dijo, negando con la cabeza y cruzando las manos sobre su pecho.
¾                Bueno Leonardito, no puedo darte agua de azúcar para que me creas.  
Leonardo recordó la frase que su padre le repetía a él y a su abuelo: Tú si eres terco. Y se dijo que hoy sí la entendía mejor. Caminó nuevamente hacia la terraza decidido a retar el resplandor y calor del sol y a esperar a su papá. A los pocos minutos el abuelo Pedro había vuelto a entrar en su letargo y Leonardo, ahora con un motivo más, a pasear de un lado a otro en la terraza enrejada de su casa.
                       
POR: JUAN MANUEL GONZÁLEZ SEQUEDA

domingo, 18 de septiembre de 2011

Triada del odio

I.
Con aroma a repulsión fuiste creado.

II.
Basta con un escupitajo bendecido,
y su belleza se revelará en forma de gusanos.

III.
Para cada alma hipócrita y podrida,
existe su propio vertedero de falsedad y porquería.


por Roberto Luna

Poemas Señor Underground 09-2011

Al universo gracias
Kafka no escribió poesía
Al tiempo loado
Homero es un rostro borroso
Al espacio inmensurable
Borges es novela inédita.
En la constelación del sueño
Se forja la vida
Y nace el misterio.
Todos los rostros de la existencia
Son un milagro del vacío
Y la sonrisa del lector
Maravilla del silencio.



* * * 


PIRAÑISMO

Jaula prematura La Vida
Poema inmerecido El Sueño
Anhelo postergado El Silencio
Tú y nadie más
Sabe cuánto caos cabe
En los bolsillos de la tarde.


* * *


VERBO

Tu palabra
Será
Tu origen
Lengua el Cadáver
Palabra el Gusano.


* * *

PAGINAS

(Libro viejo)

Felicidad de palabras encarnadas
Verdades inéditas como el rostro del Creador
Ciudades literarias de papel esperando al pirómano
Un millón que se retiran del Sueño de la escritura
10.000.000 de Editoriales
100.000.000 de Editores
1000.000.000 de rechazados
Lunas que se desintegran en el soneto de las horas
5000.000.000 de críticos

Los mejores libros que leerás y escribirás
Solo los “alcanzarás” con hambre y soledad
10.000.000.000 de intentos de que esta inspiración
No agonice en los vertederos del mundo.

***

TARDE DE NAVIDAD

Nada para esta noche
Nada de pavo y vino
Nada de trajes y perfumes
Nada de amantes y grandes familias
Nada de regalos y luces intermitentes
Nada de oraciones y canciones
Nada de eso que tanto se repite todos los años

Estoy muerto y feliz y solo
Y nadie eso me lo podrá quitar:
Me liberé de la cadena

¡FELIZ NAVIDAD!


* * * 


EPITAFIO PARA UNA HORA QUE MUERE

Aquí yacerán los restos inefables de un sueño
No me recordéis
Que yo en su lugar bien podría burlarme de vosotros
Bailad
Bebed
Cread la vida
Lo que fue no volverá.

* * * 


FIGHT CLUB

Al salir del vientre
Tomé mi bastón
Mis zapatos
Y la navaja
Fui a las discotecas del infierno
Y encontré el grito de la locura
Al amanecer
Mi sangre yacía en al pavimento…
Ninguno me arrebatará el trofeo de la libertad
Soy mi mejor amigo
Mi Mesías
El Redentor.


* * *

MADRE


Susurro de tempestades
Levitando en la cuerda floja
Del misterio…


* * *

ANACORETA


Junto a mi grandeza
Está la noche
Con su manto ciego de sombras.
En el eterno fulgor
De la Pregunta
Solo puedo aceptar la verdad:
Estoy vacío.



 
* * * *

AURORA
                                       A Shoo

El azul de tu océano
El rojo de tu incendio
La transparencia de tu aliento
El púrpura de tu desierto
La medida de ti mismo:
El universo.


* * *

EDITORIALES

La Vida Libro inédito
El Destino Editor que lo rechaza.
Ama tus páginas como a ti mismo
No las lances al triturador del mundo
Ningún lector es digno de tu inocencia
Sonríe en el anonimato:
Olvido.


* * *

RESURRECCIÓN

 Todo Esplendor una quemadura
Toda Quemadura una puerta
Toda Puerta un inicio
Todo Inicio un sueño
Todo Sueño una verdad

La inocencia del Ser.



por  Señor Underground

Claroscuro

Los trazos iban y venían al compás armonioso de contrastes entre luz y sombras, revelando la técnica magistral del dibujante y su lápiz. No dejaba escapar cada detalle observado, capturado por la frecuente semiverticalidad del grafito, en su intento por controlar la intensidad adecuada de los tonos y la ilusión de profundidad que le regalaba el atardecer en su agonía de caída perfecta, sobre un mar que meditaba en su propia serenidad. De la alta ciudad bajaban las últimas líneas curvas de carros y autobuses, como detenidos en el tiempo; todos en una sola sucesión de imágenes calculadas, apreciativamente impecables, que disminuían en la lejanía, dándose a la fuga estática de una noche que aún no acababa de inventarse, y de un horizonte urbanístico de rascacielos, hoteles y demás edificaciones del falso progreso, que parecían querer atraparlos dentro de sus entrañas de concreto.

La escena nocturna se dispuso a predominar. Un aura tenebrista se dispersó por cada recoveco de la mar, ciudad, calles, papel, en trazos de sombreados acechantes, fluidos, que contrastaban con la poca iluminación de la avenida y de los automóviles (en menor número ahora y aún estáticos), en una escala acromática de miedos, persecuciones, muerte imperceptible, que aparecían fugázmente en forma de siluetas de aspectos grotescos, movimientos mecánicos, sigilosos, inmóviles. Huían constantemente de la luz, permaneciendo en la oscuridad en posición de cazadores noctámbulos. La noche desprotegió la ciudad.

Las olas saltarinas se violentaban contra las rocas al otro lado de la avenida. El lápiz se recostó en suave presión sobre el cielo de papel, anunciando que se avecinaba la lluvia en tempestuosa arremetida. Solo dos automóviles en la vía, aunque seguían sin moverse. Las siluetas deformes continuaban apareciendo rápidamente, desapareciendo en el instante, volviendo a refugiarse en la oscuridad por el temor de que los destellos que disparaba la noche cargada revelaran sus rostros. Los dos carros finalmente abandonaron la escena. Una llovizna leve comenzó a pronunciarse en finas agujillas de agua, solo visibles a la luz de las lámparas en la avenida.

El lápiz se dirigió a la altura de la calle. Dos figuras de proporciones armoniosas aparecieron en la estancia, caminando inmóviles, desprevenidas, sin el afán de llegar a algún lugar, disfrutando el espectáculo estruendoso de las olas en las rocas y de las abultadas nubes a punto de reventar sobre la ciudad su más inclemente aguacero. Se fascinaban con cada relámpago que anunciaba el final. Un éxtasis se dibujaba inadvertido en el misterio de sus cuerpos pegados, seducidos entre ellos beso a beso. La llovizna no les importaba, tampoco el lápiz sobre sus labios.

De la oscuridad se desprendió una de las siluetas con un trotecito insospechado, movimientos detenidos que parecían previamente estudiados para ese momento. Con brusquedad se abalanzó intimidante sobre las dos figuras, las cuales retrocedieron espantadas. La imagen detenida denotaba el forcejeo desmesurado que resueltamente ganaría la silueta grotesca, derrumbando a una de las figuras, luego a la otra, dejándolas totalmente inanimadas. Otro relámpago se disparó provocando un gran destello, iluminando el rostro de la silueta que aún estaba frente a los dos cuerpos inertes. Sobresaltado, temeroso, volteó por instinto su mirada satisfecha hacia los ojos de su creador, quien, horrorizado, se vió reflejado a sí mismo en su propia obra. Unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas en el rostro de aquella silueta. El destello seguía detenido en la eternidad del instante, hasta que por fin se apagó, abismando a la ciudad en una fría soledad, dándole paso a la torrencial lluvia. La silueta volvió a perderse en la oscuridad. El artista detuvo casi involuntariamente su lápiz, presenciando la penosa escena de los dos cuerpos armoniosos, tirados en la desolada y oscura avenida.

por Javier Eduardo Córdoba.

Malditos ojos azules

La tarde en que Alicia y su amor pasaron por “La vitrina”, ella se enamoró de un oso de peluche que vio en el enorme aparador que daba a la calle; era un pequeño osito color café encerrado en una caja de cristal, con la nariz rosada y los ojos más azules que aquellos que ella tanto amaba. Miró a su compañero y le dijo: -Mi amor, ¿Me compras ese oso? –Lo siento mi reina pero no tenemos dinero ahora- La besó con mucha ternura y la abrazó para consolarla al verla tan triste por su negativa.

Después de eso, regresaron a la miserable casa que él le había comprado a su reina. Apenas entraron la tomó con delicadeza por la cintura, la llevó al cuarto con mucha dulzura en medio de besos suaves, la recostó y la amó un largo rato.

Los días siguientes, cuando caminaban para llegar al miserable trabajo donde él era el chofer y ella una de las sirvientas, Alicia veía el juguete y le pedía desesperadamente que se lo comprara porque tenía una necesidad más fuerte que ella de liberarlo esa horrible caja donde vivía. Al quinto día él le respondió: -¡Qué no Alicia, déjate de tonterías! Al único muñeco que debes amar es a mí. Pasaron diez días y ese día él respondió: -Mi reina, tú no necesitas ese oso, yo te doy cualquier cosa que desees.

Al día siguiente, respondió: -Déjame en paz, maldita perra. No te lo voy a comprar. Y otro día: -Mi reina, no te lo compro porque no quiero que sigas siendo tan caprichosa. A los quince días, él no dijo nada, su cara no tuvo ninguna reacción, ni siquiera la miró. Al llegar a la casa tomó a Alicia por su negra y larga cabellera y la lanzó repetidamente contra una de las paredes blancas y agrietadas que quedó dibujada con hermosas flores rojas. La levantó del piso, con el puño cerrado golpeó su bello y frágil rostro mientras ella gritaba adolorida. Él no había pronunciado una sola palabra; siguió golpeándola hasta que le dolieron las manos y los pies.

Alicia durmió a fuerzas en el piso un largo rato y al despertarse, lo miró sentado en el desgastado sofá concentrado en una telenovela como si estuviera sufriendo los problemas de los protagonistas enamorados. Todavía escupiendo sangre le dijo: -Yo sólo quería ese oso para nuestro bebé- Dijo esto con una mezcla de rencor y odio que sólo duraría el tiempo que sus heridas tardarían en sanar. Al escucharla, él corrió al cuarto y al regresar le puso en la manos a su mujer un rollo muy grueso de billetes que ella miró con extrañeza y le dijo: -Mi vida, esto es mucho dinero para comprar un simple muñeco. Él le besó la frente rota diciéndole: -Mi reina, yo no quiero que compres nada, quiero que mates al muñeco.

Alicia se cambió de ropa, se limpió la sangre pero aún le seguía saliendo de más de un lugar, salió a la calle y regresó con el pequeño oso. Él no dijo nada, le lanzó un beso al aire cuando la vio llegar y la miró con cinismo. Ella se tomó el jugo que le había dejado en la mesa, se sintió cansada y se durmió.

En la mañana, Alicia abrió los ojos y no veía nada, sólo sentía un fuerte dolor en todo su cuerpo; pensó que habían sido los ataques del día anterior. Recuperó la vista poco a poco y vio que tenía cristales rotos encima de la sábana que la cubría, a su lado estaba el soso acuchillado desde la frente hasta el lugar donde el fabricante lo mutiló; el relleno del oso estaba coloreado con un tinte rojo que Alicia pronto descubriría de dónde había salido.

por María Alejandra Zambrano Canoles

Poemas de Hailher Salcedo 09-2011

KAFKIANO

Un hombre despertó un día
Convertido en una cucaracha
No fue menos entonces…
Hay noches de horrendas cucarachas
Jugando a ser dioses



HERENCIA

De Abel son todas las flores
Y los cantos
De Caín los pétalos marchitos
Y misteriosos encantos



MIRARSE AL ESPEJO

Mirarse al espejo
Ver una serpiente
Queriéndose morder

Sería un hermoso reflejo.



QUIERE LLOVER

Quiere llover…
Truena en la tarde
Esa voz enfurecida nos dice algo
La lluvia son sus tristezas y llantos
La tarde es la sabiduría culminada.




LABERINTOS

De memorias
Parpadeantes pensamientos
La eterna fluorescencia de una lámpara encendida
Un fuego centelleante más allá de la pupila



LOS FANTASMAS

Puedes meterlos en mil ataúdes
Cavar millares de tierras
Jamás perecerán
Son fieles al pasado


CANTO NOCTURNO

Escucha el aullido de lobos
Fusionarse con el viento
Roce de arboles
El grito furioso de la loada noche
El cielo iluminado de estrellas
Como lentejuelas adornan
Algodonadas nubes grises
¡Escucha! ¡Escucha!
Las estrellas con alegre festín
Tiritan queriendo saltar
Pidiendo a mi alma bailar junto a ellas
La música que apresa la delicia

Y el encanto
La orquesta divina de notas calladas
Prestadas solo a oídos sensibles
El mágico sonar de los lobos
El viento, los arboles, el grito de la noche
Y el cielo gris


por Hailher Salcedo

Poemas 09-2011

Tras mi infidelidad
Cruzó la línea fronteriza que delimita nuestros mundos
Secuestró mi sombra
Y se perdió con ella en las tinieblas del espejo


Compro un cristal a diario
Con la esperanza de encontrar
En alguno de ellos
El reflejo y la sombra
Que una vez perdí


* * * *


Mi mente está vestida de blanco.
Me siento
Espero paciente
A que tome la decisión
De usar su mejor vestido.

Descubro que tal vez
Su mejor prenda no está compuesta por un paño de colores y figuras
No hay nada mejor que su piel desnuda

Intento persuadirla
Que abandone su timidez.
Propongo un trueque,
Ofrezco un par de alas a cambio de su vestido blanco
Y el espectáculo de su desnudez.

El azul del cielo no es suficiente

Para volar
Hace falta un par de alas.


por Meka Montes.