domingo, 20 de noviembre de 2011

Poemas

Parado a la orilla de un rio
Se encuentra Dios
Pensativo, impotente
Un rio que no va a ningún lado
Pero aun asi arrastra sus cadáveres.


El arroyuelo nunca es igual a si mismo
Su última, absoluta esencia
Es la piedrecilla que atraviesa su eterno viaje

Ritual maravilloso
Verano de los niños a orillas del alma.







 Javier Córdoba Cuevas.

EL PAGO DE JESÚS

Mientras se desangraba por todos lados, Cristina recordaba cómo se había metido en aquel lío. La noche anterior se arregló como todos los fines de semana, sacó del closet su traje de puta más sugerente, y estaba consciente de ello; sin hacer el más mínimo caso a lo que le decía su madre, se fue dispuesta a encontrar uno o tal vez dos hombres que le quitaran por enésima vez su virginidad.
     Llegó a un bar de prostitutas miserables y hombres desesperados, esperando calmar rápidamente la sed insoportable que le estaba incinerando el cuerpo por dentro. Sin perder el tiempo, observó a todos los hombres buscando a su víctima y como una pieza sobrante del rompecabezas miró a un joven que parecía haber salido de un cuento de hadas, era demasiado hermoso y muy inocente para atreverse a ir a ese lugar; aunque debió tener en cuenta ese pequeño detalle, no se detuvo a pensarlo.
     Se acercó al rincón desde donde el joven miraba a todos con timidez, al llegar lo besó de sorpresa en la boca y le dijo sin preámbulo: - ¿Nos vamos de aquí?-. El muchacho un tanto desconcertado, pero con satisfacción por dentro, le dijo: -Está bien, vamos a mi casa.
     Apenas llegaron, se le lanzó al joven y comenzó a meter sus manos por donde no debía, él sólo la dejaba. Ella tomó las manos del muchacho y las metió en su entrepierna, mientras él sonreía, pero sentía en ese momento que su estomago no soportaría más; así que la detuvo, la tomó por los hombros y le preguntó: -¿Crees en Dios?  - Si creyera en Dios no estaría aquí, sería como Magdalena y yo soy una descarada que no cobra.
     El joven la miró extrañado y le pidió que esperara un momento, al regresar la tomó por sorpresa y la golpeó en la cabeza tan fuerte que la mujer no tuvo tiempo de ver con qué. Qué sorpresa se llevó Cristina cuando despertó y a sus pies había un charco de sangre que salía de sus manos, sus pies, su cabeza y muchos lugares más.
     Gritaba como psicótica porque el muchacho hermoso e inocente la había clavado de manos y pies a la pared, no se explicaba cómo no había podido sentir semejante dolor hasta cuando despertó; ahora estaba sola en ese cuarto enorme pensando entre su dolor, en lo que había pasado. El joven apareció de repente, pero su rostro  había cambiado, traía en sus manos la Biblia y un pedazo de metal caliente con el cual marcó a Cristina en el costado. Le empezó a leer un capitulo de la Biblia mientras ella agonizaba, al terminar le dijo: -No te preocupes, esto es sólo una manera de enseñarte que Dios está en todas partes; y aunque no cobres, Jesús mi señor te está pagando.
     En su desesperación, Cristina soltó una de sus manos, que se desgarró por completo y le aumentó el dolor que ya sentía; pero en su mente de puta sólo había algo, dejó de gritar soportando el dolor y le dijo al muchacho: - La próxima vez diré que sí creo en Dios. Él negó con la cabeza, tomó un cuchillo filoso y lo último fue el grito desgarrador de una puta sin costo.
                                                                                                                     María Alejandra Zambrano

Abuelo, sabía que…

En uno de los barrios apartados y desconocidos de Cartagena estaba Leonardo, vestido con pulcritud como siempre, paseando de un lado a otro en la terraza enrejada de su casa. De tanto ir y venir se le había empezado a desgreñar el cabello, esmeradamente peinado hacía el lado izquierdo de su rostro. caminaba cabizbajo y con el ceño fruncido porque sus padres partieron desde muy temprano al mercado a comprar la provisión del mes próximo, y a él lo dejaron en compañía y cuidado de su abuelo Pedro, quien desde hace tres meses vive con ellos por achaques de salud. Aunque el verdadero motivo por el que Leonardo se preocupa e impacienta, es porque no ha podido realizar su actividad preferida de los sábados por la mañana: sacar la libreta de apuntes que guarda en su bolsillo izquierdo y recitarle a su papá las cosas que aprendió en la semana de clases. Eso le dice a Claudia y a Sergio, sus mejores amigos, cuando le preguntan el por qué de la libreta, pero Leonardo que adrede acostumbra omitir secretos, incluso a sus mejores amigos, sabe a la perfección que sólo escribe en la libreta y lee a su padre lo que más le impactó, no importando que sea lo menos importante a la hora del examen. Su padre, luego de escuchar con muecas de interés, le da un fuerte abrazo y escogiendo las palabras le dice, asegurándose de que escuche la madre en la cocina, y el abuelo absorto en sus pensamientos, lo orgulloso que se siente de tener un hijo tan inteligente y juicioso. Y Leonardo, sin modestia, asiente con la cabeza guardada en los brazos de su padre.
El sol empezaba a calentar las baldosas rojas de la terraza, y a Leonardo le brillaban algunas gotas de sudor en su frente y nariz. Finalmente se detuvo y miró a través de la puerta abierta de par en par al abuelo Pedro, abstraído en una silla viendo un programa de animales en la televisión. Se le dibujó una tenue sonrisa y miró al abuelo, esta vez como si aquel señor canoso de ojos perdidos, padre de su madre, vestido como si fuera para playa, fuese el mayor regalo del día. No esperaría más a su papá, así que caminó al encuentro de su abuelo. Mientras camina nota que las piernas del abuelo brillan hinchadas, tal vez porque le prohibieron realizar su actividad preferida: pescar. Parado diagonal a él quiso interrogar la razón por la cual mueve apasionada y constante la boca, pero apenado prefirió ir al grano.
¾                Abuelo Pedro.
¾               
¾                ¡Abuelo!
¾                Sí, hijo –reaccionó, como sacudiéndose un tedio de mil años.
¾                ¿Puedo interrumpirlo?
¾                Tú dirás Leonardito –aceptó, intrigado por el sorpresivo abordaje de su nieto, quien suele ser distante y silencioso.
¾                Abuelo, sabía que… -se interrumpió para sacar la libreta de su bolsillo y abrirla con ambas manos en la parte que necesitaba leer-. Abuelo -repitió, asumiendo una postura como de revelador de misterios universales-, usted sabe cómo se alimenta la aglomeración de diminutas gotas de agua y de cristales de hielo suspendidas a diferentes alturas en las capas bajas de la atmosfera.
¾                ¡Qué, qué!
Leonardo, con la misma expresión de su profesora cada vez que le toca repetir, le tomó la mano al abuelo Pedro y señaló el pedazo de cielo azul manchado de blanco que se encuadraba en la parte superior de la puerta.
¾                ¡Ah… las nubes! Creo que sé de qué se alimentan –dudó, más que por no estar seguro, por seguir hablando con su nieto.
¾                Verá, lo que en resumen ocurre es que… todo hace parte de un ciclo, es decir de un círculo. Entonces, en cierto tiempo del año, de todos los años, el agua de la superficie terrestre, con la ayuda de un fenómeno llamado evaporación, se eleva en forma de gas a la atmosfera, y se eleva y se eleva y se enfría y se transforma en agua. Justo en ese momento la aglomeración se alimenta, para luego descargar lo que se comió. Y así sucesivamente.
¾                O sea, las nubes comen porque son parte de un eterno perro mordiéndose la cola, mm… Leonardito, eso no es así.
¾                Claro que sí. Lo dijo la profesora Rosa Escamilla y yo lo volví a leer en mi libro de naturales –asintió en forma retadora.
¾                Que no.
¾                Que sí.
¾                Yo te diré de qué se alimentan las nubes: de los peces del mar. Yo mismo lo vi con estos ojos que empiezan a ensombrecerse. Las nubes prefieren las noches más negras y solitarias para comer. Noches en que todos sueñan. Yo estuve en una de esas noches, en medio de un mar calmado. De pronto, empezó a estremecerse mi panga y oí sonidos espantosos. A pesar del temblor de mi bote y mi cuerpo, logré alcanzar mi linterna y apunte al lugar de donde provenían los gritos y vi cómo las nubes abrieron unas enormes bocas grises  y absorbían, entre cántaros de agua salada, todos los peces que estaban a su alcance: ballenas, tiburones, delfines, peces espadas, peces sierras, toda clase de pequeños peces, todo. Como es de esperarse esa noche no pesqué nada, sin embargo le dí gracias a Dios porque no fui una presa más de aquella cena exagerada.
¾                Abuelo, usted perdone, pero eso no es así –dijo, negando con la cabeza y cruzando las manos sobre su pecho.
¾                Bueno Leonardito, no puedo darte agua de azúcar para que me creas.  
Leonardo recordó la frase que su padre le repetía a él y a su abuelo: Tú si eres terco. Y se dijo que hoy sí la entendía mejor. Caminó nuevamente hacia la terraza decidido a retar el resplandor y calor del sol y a esperar a su papá. A los pocos minutos el abuelo Pedro había vuelto a entrar en su letargo y Leonardo, ahora con un motivo más, a pasear de un lado a otro en la terraza enrejada de su casa.
                       
POR: JUAN MANUEL GONZÁLEZ SEQUEDA

domingo, 18 de septiembre de 2011

Triada del odio

I.
Con aroma a repulsión fuiste creado.

II.
Basta con un escupitajo bendecido,
y su belleza se revelará en forma de gusanos.

III.
Para cada alma hipócrita y podrida,
existe su propio vertedero de falsedad y porquería.


por Roberto Luna

Poemas Señor Underground 09-2011

Al universo gracias
Kafka no escribió poesía
Al tiempo loado
Homero es un rostro borroso
Al espacio inmensurable
Borges es novela inédita.
En la constelación del sueño
Se forja la vida
Y nace el misterio.
Todos los rostros de la existencia
Son un milagro del vacío
Y la sonrisa del lector
Maravilla del silencio.



* * * 


PIRAÑISMO

Jaula prematura La Vida
Poema inmerecido El Sueño
Anhelo postergado El Silencio
Tú y nadie más
Sabe cuánto caos cabe
En los bolsillos de la tarde.


* * *


VERBO

Tu palabra
Será
Tu origen
Lengua el Cadáver
Palabra el Gusano.


* * *

PAGINAS

(Libro viejo)

Felicidad de palabras encarnadas
Verdades inéditas como el rostro del Creador
Ciudades literarias de papel esperando al pirómano
Un millón que se retiran del Sueño de la escritura
10.000.000 de Editoriales
100.000.000 de Editores
1000.000.000 de rechazados
Lunas que se desintegran en el soneto de las horas
5000.000.000 de críticos

Los mejores libros que leerás y escribirás
Solo los “alcanzarás” con hambre y soledad
10.000.000.000 de intentos de que esta inspiración
No agonice en los vertederos del mundo.

***

TARDE DE NAVIDAD

Nada para esta noche
Nada de pavo y vino
Nada de trajes y perfumes
Nada de amantes y grandes familias
Nada de regalos y luces intermitentes
Nada de oraciones y canciones
Nada de eso que tanto se repite todos los años

Estoy muerto y feliz y solo
Y nadie eso me lo podrá quitar:
Me liberé de la cadena

¡FELIZ NAVIDAD!


* * * 


EPITAFIO PARA UNA HORA QUE MUERE

Aquí yacerán los restos inefables de un sueño
No me recordéis
Que yo en su lugar bien podría burlarme de vosotros
Bailad
Bebed
Cread la vida
Lo que fue no volverá.

* * * 


FIGHT CLUB

Al salir del vientre
Tomé mi bastón
Mis zapatos
Y la navaja
Fui a las discotecas del infierno
Y encontré el grito de la locura
Al amanecer
Mi sangre yacía en al pavimento…
Ninguno me arrebatará el trofeo de la libertad
Soy mi mejor amigo
Mi Mesías
El Redentor.


* * *

MADRE


Susurro de tempestades
Levitando en la cuerda floja
Del misterio…


* * *

ANACORETA


Junto a mi grandeza
Está la noche
Con su manto ciego de sombras.
En el eterno fulgor
De la Pregunta
Solo puedo aceptar la verdad:
Estoy vacío.



 
* * * *

AURORA
                                       A Shoo

El azul de tu océano
El rojo de tu incendio
La transparencia de tu aliento
El púrpura de tu desierto
La medida de ti mismo:
El universo.


* * *

EDITORIALES

La Vida Libro inédito
El Destino Editor que lo rechaza.
Ama tus páginas como a ti mismo
No las lances al triturador del mundo
Ningún lector es digno de tu inocencia
Sonríe en el anonimato:
Olvido.


* * *

RESURRECCIÓN

 Todo Esplendor una quemadura
Toda Quemadura una puerta
Toda Puerta un inicio
Todo Inicio un sueño
Todo Sueño una verdad

La inocencia del Ser.



por  Señor Underground

Claroscuro

Los trazos iban y venían al compás armonioso de contrastes entre luz y sombras, revelando la técnica magistral del dibujante y su lápiz. No dejaba escapar cada detalle observado, capturado por la frecuente semiverticalidad del grafito, en su intento por controlar la intensidad adecuada de los tonos y la ilusión de profundidad que le regalaba el atardecer en su agonía de caída perfecta, sobre un mar que meditaba en su propia serenidad. De la alta ciudad bajaban las últimas líneas curvas de carros y autobuses, como detenidos en el tiempo; todos en una sola sucesión de imágenes calculadas, apreciativamente impecables, que disminuían en la lejanía, dándose a la fuga estática de una noche que aún no acababa de inventarse, y de un horizonte urbanístico de rascacielos, hoteles y demás edificaciones del falso progreso, que parecían querer atraparlos dentro de sus entrañas de concreto.

La escena nocturna se dispuso a predominar. Un aura tenebrista se dispersó por cada recoveco de la mar, ciudad, calles, papel, en trazos de sombreados acechantes, fluidos, que contrastaban con la poca iluminación de la avenida y de los automóviles (en menor número ahora y aún estáticos), en una escala acromática de miedos, persecuciones, muerte imperceptible, que aparecían fugázmente en forma de siluetas de aspectos grotescos, movimientos mecánicos, sigilosos, inmóviles. Huían constantemente de la luz, permaneciendo en la oscuridad en posición de cazadores noctámbulos. La noche desprotegió la ciudad.

Las olas saltarinas se violentaban contra las rocas al otro lado de la avenida. El lápiz se recostó en suave presión sobre el cielo de papel, anunciando que se avecinaba la lluvia en tempestuosa arremetida. Solo dos automóviles en la vía, aunque seguían sin moverse. Las siluetas deformes continuaban apareciendo rápidamente, desapareciendo en el instante, volviendo a refugiarse en la oscuridad por el temor de que los destellos que disparaba la noche cargada revelaran sus rostros. Los dos carros finalmente abandonaron la escena. Una llovizna leve comenzó a pronunciarse en finas agujillas de agua, solo visibles a la luz de las lámparas en la avenida.

El lápiz se dirigió a la altura de la calle. Dos figuras de proporciones armoniosas aparecieron en la estancia, caminando inmóviles, desprevenidas, sin el afán de llegar a algún lugar, disfrutando el espectáculo estruendoso de las olas en las rocas y de las abultadas nubes a punto de reventar sobre la ciudad su más inclemente aguacero. Se fascinaban con cada relámpago que anunciaba el final. Un éxtasis se dibujaba inadvertido en el misterio de sus cuerpos pegados, seducidos entre ellos beso a beso. La llovizna no les importaba, tampoco el lápiz sobre sus labios.

De la oscuridad se desprendió una de las siluetas con un trotecito insospechado, movimientos detenidos que parecían previamente estudiados para ese momento. Con brusquedad se abalanzó intimidante sobre las dos figuras, las cuales retrocedieron espantadas. La imagen detenida denotaba el forcejeo desmesurado que resueltamente ganaría la silueta grotesca, derrumbando a una de las figuras, luego a la otra, dejándolas totalmente inanimadas. Otro relámpago se disparó provocando un gran destello, iluminando el rostro de la silueta que aún estaba frente a los dos cuerpos inertes. Sobresaltado, temeroso, volteó por instinto su mirada satisfecha hacia los ojos de su creador, quien, horrorizado, se vió reflejado a sí mismo en su propia obra. Unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas en el rostro de aquella silueta. El destello seguía detenido en la eternidad del instante, hasta que por fin se apagó, abismando a la ciudad en una fría soledad, dándole paso a la torrencial lluvia. La silueta volvió a perderse en la oscuridad. El artista detuvo casi involuntariamente su lápiz, presenciando la penosa escena de los dos cuerpos armoniosos, tirados en la desolada y oscura avenida.

por Javier Eduardo Córdoba.

Malditos ojos azules

La tarde en que Alicia y su amor pasaron por “La vitrina”, ella se enamoró de un oso de peluche que vio en el enorme aparador que daba a la calle; era un pequeño osito color café encerrado en una caja de cristal, con la nariz rosada y los ojos más azules que aquellos que ella tanto amaba. Miró a su compañero y le dijo: -Mi amor, ¿Me compras ese oso? –Lo siento mi reina pero no tenemos dinero ahora- La besó con mucha ternura y la abrazó para consolarla al verla tan triste por su negativa.

Después de eso, regresaron a la miserable casa que él le había comprado a su reina. Apenas entraron la tomó con delicadeza por la cintura, la llevó al cuarto con mucha dulzura en medio de besos suaves, la recostó y la amó un largo rato.

Los días siguientes, cuando caminaban para llegar al miserable trabajo donde él era el chofer y ella una de las sirvientas, Alicia veía el juguete y le pedía desesperadamente que se lo comprara porque tenía una necesidad más fuerte que ella de liberarlo esa horrible caja donde vivía. Al quinto día él le respondió: -¡Qué no Alicia, déjate de tonterías! Al único muñeco que debes amar es a mí. Pasaron diez días y ese día él respondió: -Mi reina, tú no necesitas ese oso, yo te doy cualquier cosa que desees.

Al día siguiente, respondió: -Déjame en paz, maldita perra. No te lo voy a comprar. Y otro día: -Mi reina, no te lo compro porque no quiero que sigas siendo tan caprichosa. A los quince días, él no dijo nada, su cara no tuvo ninguna reacción, ni siquiera la miró. Al llegar a la casa tomó a Alicia por su negra y larga cabellera y la lanzó repetidamente contra una de las paredes blancas y agrietadas que quedó dibujada con hermosas flores rojas. La levantó del piso, con el puño cerrado golpeó su bello y frágil rostro mientras ella gritaba adolorida. Él no había pronunciado una sola palabra; siguió golpeándola hasta que le dolieron las manos y los pies.

Alicia durmió a fuerzas en el piso un largo rato y al despertarse, lo miró sentado en el desgastado sofá concentrado en una telenovela como si estuviera sufriendo los problemas de los protagonistas enamorados. Todavía escupiendo sangre le dijo: -Yo sólo quería ese oso para nuestro bebé- Dijo esto con una mezcla de rencor y odio que sólo duraría el tiempo que sus heridas tardarían en sanar. Al escucharla, él corrió al cuarto y al regresar le puso en la manos a su mujer un rollo muy grueso de billetes que ella miró con extrañeza y le dijo: -Mi vida, esto es mucho dinero para comprar un simple muñeco. Él le besó la frente rota diciéndole: -Mi reina, yo no quiero que compres nada, quiero que mates al muñeco.

Alicia se cambió de ropa, se limpió la sangre pero aún le seguía saliendo de más de un lugar, salió a la calle y regresó con el pequeño oso. Él no dijo nada, le lanzó un beso al aire cuando la vio llegar y la miró con cinismo. Ella se tomó el jugo que le había dejado en la mesa, se sintió cansada y se durmió.

En la mañana, Alicia abrió los ojos y no veía nada, sólo sentía un fuerte dolor en todo su cuerpo; pensó que habían sido los ataques del día anterior. Recuperó la vista poco a poco y vio que tenía cristales rotos encima de la sábana que la cubría, a su lado estaba el soso acuchillado desde la frente hasta el lugar donde el fabricante lo mutiló; el relleno del oso estaba coloreado con un tinte rojo que Alicia pronto descubriría de dónde había salido.

por María Alejandra Zambrano Canoles

Poemas de Hailher Salcedo 09-2011

KAFKIANO

Un hombre despertó un día
Convertido en una cucaracha
No fue menos entonces…
Hay noches de horrendas cucarachas
Jugando a ser dioses



HERENCIA

De Abel son todas las flores
Y los cantos
De Caín los pétalos marchitos
Y misteriosos encantos



MIRARSE AL ESPEJO

Mirarse al espejo
Ver una serpiente
Queriéndose morder

Sería un hermoso reflejo.



QUIERE LLOVER

Quiere llover…
Truena en la tarde
Esa voz enfurecida nos dice algo
La lluvia son sus tristezas y llantos
La tarde es la sabiduría culminada.




LABERINTOS

De memorias
Parpadeantes pensamientos
La eterna fluorescencia de una lámpara encendida
Un fuego centelleante más allá de la pupila



LOS FANTASMAS

Puedes meterlos en mil ataúdes
Cavar millares de tierras
Jamás perecerán
Son fieles al pasado


CANTO NOCTURNO

Escucha el aullido de lobos
Fusionarse con el viento
Roce de arboles
El grito furioso de la loada noche
El cielo iluminado de estrellas
Como lentejuelas adornan
Algodonadas nubes grises
¡Escucha! ¡Escucha!
Las estrellas con alegre festín
Tiritan queriendo saltar
Pidiendo a mi alma bailar junto a ellas
La música que apresa la delicia

Y el encanto
La orquesta divina de notas calladas
Prestadas solo a oídos sensibles
El mágico sonar de los lobos
El viento, los arboles, el grito de la noche
Y el cielo gris


por Hailher Salcedo

Poemas 09-2011

Tras mi infidelidad
Cruzó la línea fronteriza que delimita nuestros mundos
Secuestró mi sombra
Y se perdió con ella en las tinieblas del espejo


Compro un cristal a diario
Con la esperanza de encontrar
En alguno de ellos
El reflejo y la sombra
Que una vez perdí


* * * *


Mi mente está vestida de blanco.
Me siento
Espero paciente
A que tome la decisión
De usar su mejor vestido.

Descubro que tal vez
Su mejor prenda no está compuesta por un paño de colores y figuras
No hay nada mejor que su piel desnuda

Intento persuadirla
Que abandone su timidez.
Propongo un trueque,
Ofrezco un par de alas a cambio de su vestido blanco
Y el espectáculo de su desnudez.

El azul del cielo no es suficiente

Para volar
Hace falta un par de alas.


por Meka Montes.

AURORA


Lejos de ti
creí en mí
y otras mentiras
desperté.


Aurora
alumbra mi prisión,
este cuerpo de barro
Mírame.

Desde tu cielo
Desde mi altar
Sacrílego de amor
Profano.

Embriagado
de ese sabor
que fluye dentro.
Me envenena.


por Fabio G.V.

El primer Despertar: Alicia.

Zig…zag…zig…zag, zig, zag, zigzag…Zigzagzigzag, zigzagzigzagzigzagzigzag …despierta.

Terminó, por fin; justo a las tres de la madrugada. Ella, viva, solemne, encerrada en aquel parásito que la mató lentamente; alimentándose de una placenta deforme y repulsiva, en un nido lleno de plumas blancas.

Estuve loco por ella, su historia me llevó a una infernal obsesión, a un anhelo por verla caminar otra vez. Fue entonces, cuando recurrí a aquella olvidada ciencia, que en un principio, sólo me otorgaba experimentos fallidos.

Y pensé en su pasado, en su extinción, en su amado Jordán; así como también en la red de sentimientos encontrados: desesperación, agonía, frustración, tristeza. Y la luz junto con la oscuridad invadieron mi cordura, sumado a un conocimiento prohibido; creí, interpreté, jugué a ser Dios.

Zigzagzigzagzigzagzigzag, Zigzagzigzag… Zigzag, zig, zag…zig…zag…levántate.

Los sueños y la realidad están tan cerca el uno del otro, que la frontera casi nunca es visible; un límite rodeado de una melodía de órgano, de un exquisito y angustioso canto de almas.

Tub..tuc..tub, tuc…se rompió el despojo. Sin ninguna complicación, ella brotó de aquel parásito de dos metros. Rompió la coraza violentamente, dejando al descubierto sus delgados brazos; luego caminó por el pasillo, luciendo una figura esbelta y alada.

Esquiva, fría y siniestra. Su mirada, reflejaba el inabarcable olvido, y a la vez, el peculiar abrazo de la muerte. Ella estaba nuevamente frente a mí.

- Alicia… ¿me escuchas?

- Huele a oxido, huele a dolor, a angustia…huele a sangre mezclada con azufre- respondió.

El capullo quedó destrozado, chillando, era como si la naturaleza invirtiera dos polos. De la boca del parásito salían plumas; cómo olvidarlas, era la misma descripción de la carta de Jordán, las mismas plumas carmesíes que cayeron desde el cielo el día de la muerte de Alicia.

- ¿Dónde está Jordán?

- Él murió hace diez años- ella se estremeció, sus ojos se llenaron de unas verdosas y espesas lágrimas. Disfruté verla llorar, no me contuve y dejé escapar una tenue sonrisa.

- ¿y por qué estoy aquí?- gritó amargamente.

- Porque a veces el destino es tan cruel que incluso los muertos se ven afectados, pequeña.

Estaba demasiado alterada, confundida. Su fuerza era descomunal, rompió los tubos de ensayo y los registros. Me sentí decepcionado, muy decepcionado. Alicia era un avance pero a la vez podía ser otro fracaso. La infelicidad quedó marcada en una mirada fría, y la perfección en un arácnido y esbelto cuerpo. El carmesí de sus plumas, le daba un aire entre lo gótico y lo sensual.

Estaba triste… pero los muertos no hablan, no existen, sus opiniones yacen en el olvido; incluso si fue una mujer enamorada, ya no valía la pena, era únicamente un objeto de mis deseos.


Activé los interruptores de seguridad, Alicia quedó envuelta en llamas. Sus gritos de dolor me generaron un sutil placer, se contorsionaba rítmicamente por el sufrimiento. Al final, las quemaduras se regeneraron en un par de minutos; no sólo había creado un ser distinto, sino inmortal, libre de cualquier daño permanente.

Codicia, la insaciable bolsa que nunca se llenaría, nubló mi juicio. Quería más poder, más seres como ella; ahora tenía los recursos, las herramientas, los legados de esa olvidada ciencia. Alicia era el principio de más resurrecciones, pero debía domarla primero, hacerle sentir el asco y el dolor en la inmortalidad. Estaba cansada, sus alas le pesaban. En una esquina, me miró con temor mientras yo sacaba otro parásito de mi bolsillo, derramó otra vez sus espesas lágrimas.

- Es una verdadera lastima, Alicia. Descuida, ya te acostumbraras a esto. Se sentirá muy rico tras un par de días, serás una niña muy obediente.

- Por favor, mátame. Ya no quiero seguir viviendo de esta manera.

- No digas eso. Ya no puedes morir, estás condenada, atada a mi voluntad… Es sólo un largo sueño, cuando despiertes encontrarás con quien jugar, ya no estarás sola, tendrás más hermanos si todo sale bien, pero no lo olvides, todo depende de ti.

Arrojé el pequeño despojo en su cuerpo, se adhirió perfectamente, absorbía los raquíticos líquidos de sus alas caídas. Sus gritos eran tan fuertes que se escucharon por toda la colina; el bosque era testigo de una segunda muerte, lenta, dolorosa, interminable. Dejé bajo custodia a Alicia y emprendí una travesía en busca de más especímenes y formas de resurrección. Los pergaminos me han hecho sentir más humano, encuentro placer en el asco, en el sufrimiento; no puedo parar una vez que comienzo, es un éxtasis que termina en un peculiar orgasmo.

Ahora entendía a Alicia. Cada minuto me regocijaba en aquel delicioso olor, una imaginaria esencia que día y noche percibía en los viajes…exquisito, sublime, proveniente del inframundo: ese olor… sangre mezclada con azufre.


*  *  *  *   *

Poema



Se abre una puerta, se cierra un olvido.
Vuelve la luz, seguida de la oscuridad;
devora el juicio, el amor, sucumbe ante el odio.

Lo que fue, se pierde en la materia podrida.
Hay un progreso, hay una evolución;
pero el alma, nunca vuelve a ser la misma.


Por: César Acosta Narváez.


DOGMA


"No hay nada nuevo bajo del sol" dijo el ciego al sordo.
Un poco más allá, el mudo
Trataba de pensar qué señas hacer
Para refutar al ciego...


por William Hurtado Gómez

domingo, 21 de agosto de 2011

Grotescología

Al enterarse la princesa que el príncipe le era infiel en tierras lejanas, sufrió una crisis que la mantuvo algunos meses en el lecho con una fiebre que no hubiera soportado el más bárbaro de los guerreros. Luego de esto se levantó como si solo hubiera transcurrido una noche de insomnio y llamando a sus doncellas, les ordenó que salieran del castillo y buscaran a todos los mendigos, leprosos, idiotas, asesinos y prisioneros de guerra, dentro y fuera del reino. Cuando sus órdenes fueron acatadas, hizo que metieran en un gran salón a todos los invitados y mandó que les quitaran las ropas. Luego, entrando desnuda, exhibiendo su extraordinaria belleza, los miró a todos y les mando masturbarse pensando en ella. La decadente multitud desconcertada, pero sin la mas mínima muestra de pudor, se puso manos a la obra. Todos agitaban sus miembros sucios y hediondos, como si fueran un par de dados que les darían la fortuna. La princesa, cuando notó que la abyecta jauría estaba a punto de eyacular, se lanzó al piso decorado con exóticas alfombras, y exigió que se vaciaran sobre ella si no querían ser decapitados. Una inverosímil lluvia de semen bañó el rostro de la princesa, y ella, como poseída, abrió las piernas y dejó que el pestilente fluido penetrara en sus convulsivas carnes sin castidad. Todos descargaron hasta la última gota sobre la princesa que yacía extasiada, retorciéndose como una lombriz cuando es cortada en dos mitades; felizmente atrapada en una placenta hecha con las semillas mas degeneradas del reino. Luego, a todos se les entrego su ropa y una moneda de oro para que regresaran a sus miserables vidas. Las doncellas dejaron a la princesa en el salón dos días así como les mandó, y luego la fueron a buscar para llevarla a sus aposentos y cuidarla los nueve meses que eran necesarios para la formación y el nacimiento del pequeño. Cuando pasó el tiempo necesario, en el que se decía que la princesa había enloquecido porque hacía meses no pronunciaba palabra, nació la criatura o como algunos dirían después, ¡Nació el monstruo! Las doncellas al ver lo que venía saliendo del interior de su señora, gritaron y huyeron aterrorizadas porque ninguna de ellas aceptaba que en la naturaleza existiera un ser como aquel que no fuera hijo del mismo Satán. La princesa con las piernas sucias de sangre y jugos amnióticos, siguió pujando para que pudiera terminar de salir la criatura. Pasados unos segundos perdió el conocimiento, pero cuando volvió en sí, descubrió a su hermoso hijo moviéndose en silencio, esperando a que su madre le diera el primer abrazo. Inexplicablemente en ese instante entró en el aposento, el tan esperado príncipe que acababa de llegar de la guerra. Este, viendo lo que yacía sobre las sabanas, lanzó un grito y desenvainó su espada, intentando matar al esperpento. La princesa poseída por la fiebre y la locura lo protegía como si fuera el ser más hermoso en todo el universo. El príncipe no lo podía creer, y furioso le atravesó con la espada el corazón. Luego de apartar el cadáver con desprecio, vio como el recién nacido se retorcía entre las sabanas con hermosa morbosidad. El príncipe no entendía cómo pudo pasar; en la cama yacía un miembro masculino gigante, robusto y lampiño, sin piernas y sin brazos. Una verga obscena con el sexo de una niña. El príncipe no lo podía creer: el bebé era una picha nacida con una pequeña vagina que esperaba desarrollarse para ser desvirgada y crear una nueva raza. Pensó en no dejar jamás con vida a tan despreciable monstruo. Cuando levantó su espada para darle fin a su existencia, el neonato eyaculó sobre sus ojos, dejándolo ciego. La criatura –la verga- escapó rodando por los bruñidos pisos del castillo. Juró en su extraña lengua de erecciones y palpitaciones que se vengaría porque el mundo no supo valorar a esa nueva especie, producto de la imaginación de su santa madre… y sin más, se sumergió en las sucias aguas de la única cloaca que había en el pestilente reino.

Por El Señor Underground 

¿Génesis?

En el principio era el hombre y su aburrimiento, y viendo que podía soñar dioses e ideas superiores a él, se dedicó el primer día a imaginar modelos monstruosos e inverosímiles de divinidad. Al segundo día creó mil dioses que se escondían en cada cosa que le rodeaba. Al tercer día soñó ser el sacerdote y el adorador de esos mil dioses escondidos en el paisaje del universo. Al cuarto día sospecho que sería buena una organización para invocar y suplicar a los mil dioses, y al quinto día soñó el Árbol de la Religión, del que deseó tuviera infinitas ramas con infinitos frutos que se aborrecieran entre ellos por el sinnúmero de sus formas, sabores y colores. Al sexto día se sintió aburrido de “la variedad” y creó a un dios gigante que decía ser el verdadero entre los mil dioses escondidos en el paisaje del universo; éste dios era celoso y aborrecía a todos los dioses. Entonces el hombre soñó que éste dios creyera que era el creador del universo. Viendo el hombre que faltaba poco para el séptimo día, se soñó sumiso y amnésico ante el nuevo dios, dándole poder absoluto sobre el tiempo y el espacio. Al séptimo día, que no careció de un hermoso amanecer, el hombre yacía dormido en una caverna con la apariencia de un mono y la ignorancia del largo camino que ahora le tocaría recorrer: la Evolución.

Por El Señor Underground

Dulce


Toda la tarde comieron dulce en la playa, devorando toda la variedad que les ofrecían los vendedores: caballito, alegría, cocada, de todo. Uno de ellos manifestó su hastío, sin dimensionar la peligrosa presencia de los vendedores de dulce, de quienes recibió una amarga mirada. Una señora se acercó y les ofreció unas empanadas de pollo. “¡Algo con sal, por fin!” fueron las palabras que salieron de la boca de otro. Una imprudencia mayor que la anterior. Aún no se habían dado cuenta de los aguijones que esconden bajo los pantalones, rotos en el fundillo, los vendedores de dulce. Son una especie de prolongación de la columna vertebral, eréctil y punzante. Los vendedores de dulce los fueron rodeando y ellos sentían que con cada mordisco que daban a la empanada de pollo, la furia aumentaba y de cuando en cuando dejaban ver con descaro los aceitados aguijones emergiendo de sus pantalones. Tuvieron que parar. Uno de ellos les ofreció nuevamente un dulce, sin decir una palabra, sólo con una enorme sonrisa en la boca, mientras sentían la puya de los aguijones amenazando romperles la piel. Estuvieron dándoles dulce hasta que se les dio la gana. Comieron de todo: guandú, enyucado, dulce de papaya, de corozo… Al final de la tarde, vaciaron los bolsillos para pagar lo que les exigían… Entonces, la señora de las empanadas, abrió unas alas cimbreantes y voló con un evidente gesto de satisfacción y detrás de ella, todo el séquito de vendedores, hasta algún panal no muy lejano. 


Por William Hurtado Gómez

Un beso, sólo un Beso y un Abrazo

A Kelly’s G. S., quien dibujo mi niñez.

Aquel día el sol lanzó miradas que cegaban. El viento se deslizó por entre las rendijas de las paredes y por la puerta cerrada, llenando la sala de un murmullo suave y caliente. Mami como acostumbraba nos enceró bajo llave en la casa de tablas que alquiló durante algún tiempo. Después de sentir el mordisco final del candado, y  sus pasos alejarse de la puerta, nuestros corazones dejaron de temblar.
En las horas en que se ausentaba éramos como pájaros estáticos en cielo diurno que creen ser estrellas y se sienten libres, felices y no tienen que hablar, caminar, realizar las tareas bajo las órdenes, los gritos y golpes de nadie. En ese momento la casa era nuestra: sólo para mi hermana y para mí. Por eso, la poníamos patas arriba, la desordenábamos de tal manera que únicamente quedaba huella del nuevo hogar; claro, hasta el regreso de nuestra madre. Algunas veces mi hermana era la mamá y yo el papá; sufríamos porque si había para el arroz de piedra y para la carne de hojas verdes, no había para la leche de agua que alimentaba a nuestros tres niños de trapo. Otras veces pasábamos de la disputa siendo contrincantes eternos en la escondida, la peregrina, las chinas, el yoyó o en el balero, al apoyo incondicional siendo los mejores cómplices en las rondas, los programas de televisión y las canciones. Disfrutábamos utilizar la ropa y el maquillaje de mami para representar a las reinas, el público y el jurado del reinado de belleza.
Sin embargo, ese 8 de abril de 1992 no hicimos nada de eso, las patas de la casa estaban intactas. Por algunos minutos, nos sentamos frente al aburrido televisor: estaban dando el noticiero. Al no quedar duda de que mami había desaparecido fuimos en busca de nuestro tesoro. Lo guardamos en la cueva secreta: un hoyo que mi hermana hizo debajo de su cama. El tesoro era una bolsa llena de huesos, recolectados en el ir y venir del colegio,  y una alcancía, hecha por nosotros, repleta de monedas y billetes. Un mes nos llevó reunir tanto lo uno como lo otro, no obstante el dinero exigió un esfuerzo gigante: no gastábamos nuestra plata de merendar en el recreo y, con la condición de que guardaran el secreto si no querían que nuestra madre emputadísima nos pintara a punta de rejo, le pedimos ayuda a cada uno de nuestros profesores con la excusa de que, de no colaborarnos moriríamos de hambre. Todo salió perfecto y allí estábamos recogiendo nuestro esfuerzo.
La bolsa de huesos era para cambiarla en La Tintilililla por bocadillo, esa barra roja y azucarada. La Tintilililla era una carreta de madera conducida por un señor canoso, de ojos saltones, que ofrecía un montón de objetos de plástico y bocadillo a cambio de hueso, hierro, aluminio, cobre, oro, entre otros. Ese bocadillo lo utilizaríamos como provisión inicial para nuestra gran odisea. La alcancía hinchada de dinero la utilizaríamos para comprar comida más pesada y un barco, que nos llevaría a la tierra muy pero muy lejana,  donde se ríe hasta reventar y los animales, las plantas y todas las personas son nuestros amigos. Para no levantar sospechas no cargaríamos con nada, excepto con la ropa que lleváramos puesta. El único inconveniente era que, desde nuestra primera visita a la playa, mi temor al mar no desaparecía. Para resolverlo mi hermana dijo que no me alarmara porque jugaríamos a la gallina ciega, de esta manera mis ojos se mantendrían cubiertos en todo el transcurso del viaje.
Mi hermana siempre fue buena para las matemáticas. De modo que ella se encargó de contar el dinero y yo, al escuchar los repiques del hierro de La Tintilililla entrando en nuestra calle, me puse en marcha colándome por la puerta de escape que habíamos construido en una esquina del patio. Sólo demoré un minuto, así que, con su supervisión, la ayudé. Estuvimos tan entretenidos en nuestro quehacer que la cuenta terminó en par patadas. Nos pusimos de pie con la intención de decirle adiós a la casa, pero nuestros ojos chocaron con una sombra que tapaba la entrada de nuestro cuarto. Tenía aire de estar allí desde hacía mucho. Cuando logramos identificar al fantasma casi desmayamos, nuestros corazones temblaban, sudábamos frío y yo casi me orino: era nuestra madre. Me froté los ojos pero, seguía ahí, imperturbable.
Nunca entendí lo que pasó. No escuchamos el chirrido de la puerta y, además, si siempre regresaba en la noche por qué justo ese día se apareció antes de tiempo. Nos imaginamos lo peor. Yo, con la mirada, le dije a mi hermana que ahora si nos mataría a golpes. Aunque, lo verdaderamente fatal para nuestras vidas fue la desilusión de ver nuestros planes derrumbados. Mami avanzó sigilosa hasta nosotros; su rostro duro, incuestionable, amargo, a medida que daba un paso más iba cambiando. Al estar frente a nosotros se dirigió a mi hermana y en tono manso, cariñoso, desconocido, le pidió explicaciones. Mi hermana le dijo, con voz ronca y temblorosa, que teníamos ese dinero gracias a los profesores y porque ahorramos nuestra plata de merendar. Mami preguntó: Para qué. Mi hermana respondió que para regalársela a ella en el día de las madres. Se arrodilló ante nosotros. Cerré los ojos esperando su severo puño. Pero para mi sorpresa nos abrazó y nos besó las mejillas con tanta ternura que ahora recuerdo exactamente como su piel rozó mi piel; fue la primera y única vez, al menos hasta donde la memoria me deja, que nuestra madre nos untó con su cuerpo y labios húmedos. Se apartó bruscamente, tomó el dinero y dirigiéndose a la salida dijo: ¿No les importa que lo tome antes de tiempo, verdad? Al menos, servirá para una semana.
Mami, al anochecer, sin solicitar ayuda, preparó una pomposa cena y ordenó cepillarse los dientes, orar y dormirse; mi hermana y yo, en medio de la oscuridad de nuestro cuarto, nos oímos respirar, el sueño se había enemistado con nosotros. Me paré de la cama y caminé hacía la de ella. Moviéndose suavemente me invitó a acostarme a su lado. Agarrados de la mano sentimos el mudo sollozo de la noche huérfana. Como un relámpago acarició mi cabello y mejilla y susurró con su voz de amanecer: Llorar no vale la pena porque mañana desarmaremos la casa.  Acerqué mi boquita de entonces a su oreja: Cómo así, ¿La pondremos patas arriba como siempre? No, no, replicó en tono aún más suave, la destruiremos para construir con las tablas, los palos y el techo nuestro barco. Apretamos nuestras manos como atardeceres casi muertos pero hermosamente coloreados. Se escucharon apacibles nuestros corazones, se entrelazaron nuestros cuerpos; nos unimos tanto que cualquiera hubiera jurado que los niños debajo de la colcha remendada eran siameses.


Por Juan Manuel González S.

Segundo asalto: ruda lunación del deseo


Y a los ocho años resucitó de entre los muertos. Así volvió, en silencio, un miércoles de teatro a la plaza de siempre. Era uno de esos amores viejos y risueños, sabía de sobra que después de tantos días de dolor, debía llegar a ella así: callado, sereno y sin avisarle.  El gato desde el techo de la casa, lo escuchó llegar ese día a la plaza.  Allí sentados, el marido respiraba sus suspiros: ¿Por qué no hay registros de las muertes diarias de aves en el mundo? ¿Es que de verdad no interesa que caigan un par de alas de ángeles silvestres?
Preguntas insecticidas de una mujer que desayunó “soledad al marido”. El marido es un artesano de historias para un hijo con ojos grandes, como de muñeca. Mientras caminan hacia la casa en medio de una mañana de ruidos, de escandalosas compasiones para con ella misma, resuena en su cabeza un sol de mil razones que la invita a callar y a dejarse amar por quien quiera que fuera ese marido, a quien ama, con quien es feliz. Pero al llegar a la casa al mirar el mueble y las alfombras de la sala, la sacude el recuerdo: ¿Por qué olvidarían los dioses tocar en la ventana las cinco cuerdas del arpa, donde nace el viento que cura la culpa a puntadas de olvido?
 Al instante llega el niño corriendo, Sara lo abraza, lo besa y le entrega un pancito de queso con bocadillo. Siempre que lo mira, desea que esa vida la hubiera engendrado ella, pero no, sería su hijo sólo por el tiempo no porque fuera carne de su carne. Despide al marido que se marcha en compañía del niño. Al marido, el beso de rigor y una mirada que promete pasión nocturna. Al niño, otro abrazo que dispara amor. Al irse todos, sube a la habitación. Frente al espejo la figura completa de esta mujer que es igual a una esbelta piedra de ruda sensualidad. Mira a su alrededor, se detiene en la cama de madera tendida con la colcha de retazos que hizo la abuela. Se dirige a la ventana y siguen las preguntas: ¿Cuántos gusanos fallecieron hoy? ¿Podrá algún pez morir de vejez?
Suena el teléfono. Cinco pasos, escalera abajo, dos más a la izquierda. Allí la mano alcanza el teléfono. Una voz masculina:
-Sara… sabes que te sueño dibujada de acuarelas en éste mi cielo rojo.-
Aparece el gato, silencioso testigo del desagravio. Su cola le serpentea entre las piernas. Sin un sonido, sin un adiós. Sin furia ni compasión ella cuelga el teléfono. Carga al gato que no es triste ni azul pero tampoco olvida. Sara lo mira con sus ojos quietos, leves y sin azar. Sin más descifra un “te extraño” en el ronroneo de su gato. Su inquietud por los animales era la inquietud por un Hombre Reptil que la asaltaba entre risas y llanto. Entonces el recuerdo de ese cuerpo se encarama en su hombro izquierdo y le cuenta:
-Hace tres santos días que, mano a mano, destrozamos sueños, calles, puentes, mares, cielos, ropas, sorpresas, fechas, sobras… El mundo está escondido dentro de cestas de basura que llaman casas. Si se mueven con llantas entonces son carros o buses. Si vuelan, que no ocurre casi, son aviones.-
Sara camina aún con el gato. Un botón y suena la música. El gato huye. En el aire de la casa, Cibelle con Green Grass. Sara busca la luz del sol de razones. Suben sus manos suaves por su cuello a la cabeza, le apetece seducirse en nombre del recuerdo de ese Hombre Reptil. Se hace pensamiento y viaja hasta el oído de su deseo:
-Están mis labios anhelantes por unos besos náufragos, está la piel encendida, las manos repletas de caricias, las piernas inquietas, el abdomen fragoroso, el cabello extenso pendiente de jalones, los ojos alertas de la más mínima señal de tu deseo, para de ahí extasiarse la mente en inverosímiles recuerdos e intensos anhelos… El cuerpo provoca, necesita, solicita… encuentra tu ausencia y su sola presencia; el sexo abrasado no dará un paso atrás, buscará explotar. La mano responde, llega, le explora, le atrapa, le enciende y todo empieza a entibiar. La mano delicada es ahora fuente de finitos espasmos cada vez más fuertes, cada vez más placenteros… Ahora todo es calor, la boca apretada explota en gemidos, el cuerpo se retuerce mientras una mano lo recorre la otra lo provoca, las piernas parecen no poder explayarse más, el cabello destila un vaho de agradables olores de mujer que sabe a mujer y de repente más calor, más gemidos, más girones, aumentan más, más, más. El cuerpo lo ha pedido y ahora solo quiere más… todo se hace etéreo, me descubro llena de placer en el aire, todo es fuerte. Más jirones, más gemidos. Y aquí la luz apocalíptica del placer todo lo inunda, todo quema hasta el gemido final… tibias aguas circundan y la mano regocijada en ellas se detiene… se relaja… todo acaba.-

  Otro día cualquiera. En el lugar sin cómplices.
Al abrir la puerta halla enseguida la mirada obscena que contrae sus caderas y despierta sus pezones. El beso les resulta cálido pero insuficiente puerta al goce que desviste al otro. Ahora ella con su boca roza el oído del Hombre Reptil que escucha atento con besos las palabras para él. Ella comienza:
- En tu boca suena la noche a luna callada, a estrellas secreteándose el falso destino que nos depara. Los gemidos son aullidos de perros callejeros clamando cariño. Este encuentro pare letras que del insomnio nacen.-
El gato, en su complicidad, escucha y observa callado, atónito lee los vertiginosos pensamientos de Sara y su Hombre Reptil. En el mismo mueble de siempre, despacio, despacito hasta la desesperación, corren susurros que tejen cuerpos con la sorpresa de un ojo que descubre en su sangre el tiempo. Ella le incita:
-De otro cuerpo he recibido ese sorbo de humanidad que me permite estar aquí contigo, que me recuerda que he vivido de sentidos, de mi piel. Pensaba ayer, mientras ejecutaba malabares con mi pierna para cortejar tus ojos, que si acaso mi sonrisa te distrajera, jura no olvidar que tengo un señuelo de dulce andar y que con él he debutado engaños para obtener caricias, este sabe de oportunidades y crueldad, casi tanto como la seducción.-
Bajan sus dedos de reptil tras el recorrido de las arterias de Sara. El tacto de él espanta sombras en su piel. Su cuello late. Siente la agitación catastrófica de las tensiones de piel. En la oscuridad de sus parpados cerrados se dibujan con alientos el encanto para la eterna lujuria de dos sexos sin azar. Con los besos de su mano, Sara le revela la verdad que tienen los amantes grabada en la carne:
 -Es esa húmeda orilla de playa -le secretea-, ese espacio siempre mojado y brillante que se mantiene en el ir y venir de las olas, esa es la fidelidad que a la pasión le profesan los amantes.-
Sin darle tregua a ningún movimiento, continuó en su oído:
-En la vida nada se iguala a santiguar tu sexo. Desde mi boca, con mis manos o sin ellas, te enviste la alegría de lanzarle perversos rezos a tu cuerpo. -
En la huida de las conciencias, entre la amenaza de los espasmos que les llegan y se van, la dama que habita en Sara muere en el verde ácido del toque del Hombre Reptil que la calcina de deseos satisfechos.  Se olvida de palabras la boca, no es posible siquiera que puedan enunciar el bullicio de los cuerpos que se encuentran para renunciar a todo “espaverso”. El Orgasmo es el apocalipsis.
-¿Qué más no queda? – Pregunta el Hombre Reptil en legítima defensa.
-“Gemir es mejor”, tengo fe en esas palabras.- Responde Sara, queriendo callarlo. Justo cuando le llega el espasmo final, ella toma entre sus manos la cara del Hombre Reptil y le explica a su mirada absorta:
-No son las marcas que dejaste en mi pecho ni los rasguños que imprimí a tu cuerpo, no son ellos quienes lo provocan. Aunque estén sangrantes las heridas en los labios por estos besos infernales, también es verdad que nos extrañamos y extraviamos cada vez que consumimos ese hilo dudoso que nos reúne y nos separa. Mi cuerpo te siente en previos, me susurra al oído que pronto todos los que te habitan vendrán a mí. Entonces sueño que me dibujas, me pintas y me escribes. Luego muero en cada una de tus miradas. Tus manos, sintiéndose culpables, me resucitan de un soplo.-
Con la sangre fría o, como le llaman, con estilo, que es lo mismo, Sara se levanta un poco mareada rumbo al baño de la habitación. Como su gato, anda en pasos suaves y sagaces que mueven toda su vanidad. Invita con un beso al Hombre Réptil a seguirla. Escaleras arriba él la detiene. Ella, con su rostro pleno de satisfacción y tranquilidad, no le deja hablar y sigue el camino. Entran a la ducha. Mientras la atrae por la espalda, le sentencia:
-Ya me he lanzado a lo inhóspito de no conocer tu sentir, de no poder hablarte, pues no me escucharás, aunque pueda tocarte todo cuanto quiero. Seremos nubes perseguidas, minutos sedientos de tiempo. Después de algún tiempo, solo tendremos el lento transito del silencio que recordará estos agravios. Solo para que sepas: luego de 8 años, después de tu abandono, me encuentro hoy felizmente casado. Lo bueno es que, viéndote en esta casa, tengo la certeza de que no planeamos dejar de estarlo…-
Sara se voltea y mientras lo besa compasiva, enseguida agrega:
-… así como nunca planeamos encontrarnos nuevamente, no hablemos de los fantasmas pasados ni de los que se fecundan en cada paso. Aquí estoy porque soy feliz en tus brazos y en los días de él. No tengo porque escoger.-              

Por Rafaela Vega.

Poemas de Juan Manuel González S


SI EMBRIAGAS TUS ENTRAÑAS
si embriagas tus entrañas
si pintas tus poros de azul
si abrazas peces y barcos de papel
si retas ciegas noches y ves paraísos
¿Qué será de ti después del éxtasis?


ECLIPSE
                   A Lizeth G. S.
entre labial besados
tetas abrazadas
y olor a noche desconocida jadea:
¿por qué escondernos?
El clímax de un suspiro responde:
porque no somos luna
ni sol

Y SIN EMBARGO
La casa construyó sus huesos
con voces aceradas y amorosas
Utilizó los besos y caricias más gruesos
para pintar los abismos de su cuerpo
Y sin embargo
al menor soplo del lobo
flaquearon sus piernas



DICEN
Dicen que tu cuerpo sucio y muerto
vive entre nosotros
Dicen que la noche te viste con su aliento
mientras amamantas monstruos
Dicen que tu sangre endiablada
recorre pulmones fumados
venas masacradas
piedras amenazantes
vientos que atardecen
bostezos universales
Dicen tantas cosas que
me agrada negar tu existencia
nombrar tu soledad
tan idéntica a la mía
Pero mi sonrisa explota
al saber que algún día evaporado conoceré tu rostro.

Pequeña Biografía Para Cuando Sea Famoso

Para Angélica Álvarez

Tengo nombre aunque no les interesa cómo me llamo. La gente me odia, soy insoportable. Eso dicen porque en realidad quisieran hacer lo que yo hago. No tengo problemas en hacerles sentir que sólo son objetos para mí. Tengo mis sentimientos, pero los he usado tanto que perdí la confianza en ellos. He leído tantos libros, que ya ni me acuerdo de sus nombres. No sé qué me motiva a mover las páginas e indagar en ellas algo que creo buscar, pero que tengo la certeza de conocer de antemano. También los leo porque no tengo más nada que hacer. No me gusta esforzarme por nada. Creo que lo merezco todo. Desde niño pensaba que si me trajeron a este mundo, los que lo hicieron tenían que pagar el precio. Me gusta el rock, el metal y la salsa. Aparentemente no hay nada de parecido en estos ritmos y yo no les voy a dar la respuesta. Me he hecho la paja tanto que tu mente no alcanza a imaginar el nivel de lujuria que soporta mi cuerpo. Soy una máquina de sexo andante. Tantas pajas no me han convertido en eyaculador precoz. Puedo tener sexo durante horas. Para una europea, mi verga es grande, para una costeña, es normal. A mí me da igual. Creo en el amor, pero perdí la esperanza de encontrarlo. No tengo amigas. Si no me dan culo no hablo, así de simple. Podría conversar contigo cuando estoy aburrido, después te mando pa la pinga. No tengo dinero. Me gusta la ropa de marca y nunca he utilizado un par de zapatos baratos, a excepción de esos años de miseria. Los mejores recuerdos de mi vida los tengo de una calle desolada del tercer barrio que parió esta ciudad a la que deberían llamar sauna. Cada vez que llego a su esquina me transporto al pasado donde los pick ups sonaban con las champetas traídas de áfrica. Me gusta la música africana. Olvidé decirlo anteriormente. Mi abuela la muerta, era diosa de otro mundo. Se sentaba con su periódico y a veces me pedía que se lo leyera. Me contaba historias tan extrañas que parecían sacadas de una novela de García Márquez. No conocí al abuelo ni a mi tío del cual tengo el nombre. Dicen que era persona de gran futuro. Murió joven. Lo mismo dicen de mí. Ya estoy muerto. Abuela murió hace poco. No la lloré. Papá tampoco. Él la llora cuando está solo. Él llora casi todo el tiempo cuando está solo. Se arrepiente de su vida, sus acciones y las consecuencias que estas han tenido. Yo no puedo ni pensar en lo que hago. Mi horóscopo chino dice que soy superficial. Yo lo creo. También dice que mi conocimiento es grande, pero que no sé cómo usarlo. Eso también lo creo. En realidad no importa si lo utilizo o no. He tenido dos novias y a unas cuantas les he dado por el culo sin necesidad de perder el tiempo tratando de seducirlas. No sé cómo lo hice. Abuela, donde quiera que estés, te digo que recuerdo las jarras de tinto que nos tomábamos juntos. Hoy sólo me tomo uno pequeño de vez en cuando. Te extraño. Ya no me caías bien cuando te estabas muriendo. Sentía que no eras tú, que esa señora allí sentada no era la Niña Pino que conocí, la que me hablaba de su pasado extraño de casamientos arreglados y huídas por decepción. Haberte casado con un contrabandista exitoso fue tu peor error. En esta familia todos morimos por decepción, por miedo a perderlo todo. Abuelo, por qué tenías que morir dejando a la abuela sola con once hijos a cuestas. Eras egoísta, abuelo. Yo también. Los únicos amigos que tengo los conocí en la calle cuarenta y nueve de este mismo barrio. Para algunos, el infierno. Para mí, el lugar donde aprendí que si soy fuerte e ingenioso, nadie me destruye. Fue allí donde vi el primer bareto bien armado. Nadie arma mejores baretos que los de la calle cuarenta y nueve. James dice que es mi amigo. Llevo trece años andando con él. A veces me pierdo y no le digo nada. Cuando nos encontramos fumamos mucha ganja. He conocido a muchas personas. Ninguna ha logrado un cambio en mí. Mis ocupaciones han sido varias: predicador, barrendero, vendedor de celulares, barman, boy scout, estudiante, capellán, repartidor de dulces, mesero, y ahora escritor. Escribo mierda. No tengo idea del oficio de escribir. Espero llegar a algo con esto. Debo a mis amigos un libro de cuentos o una novela que hable de la forma que enfrentamos la vida juntos hasta que cumplimos cierta edad. A veces pienso que no debería escribirlo. En realidad, fue a mí al que tocó enfrentar todo eso. Ellos eran felices. Yo solo pensaba en escribir y no sabía cómo hacerlo. Por eso me dijeron que grabara todo lo posible, que eso algún día reventaba. Ahora estoy lleno de historias que para muchos parecerían atroces. Yo las gocé. Tengo 24 años, un montón de cosas locas y una cabeza que quiere escribirlas todas. Hubo dos personas a las que herí . Ellas saben quiénes son. Sus palabras fueron iguales. Dijeron que me arrepentiría de lo que estoy haciendo, que soy un niño, que nunca comprenderé el valor de una persona. Ellas no saben cuanto valen para mí. Sobre todo tú, la primera que lo dijo. A veces veo tu rostro y me pregunto qué sería de nosotros si fuéramos amigos, pero después volteo y miro el bareto, inhalo y paso la página del libro. Espero que me perdonen por haber sido así. Aun me sorprende la exactitud de sus palabras. Dos años de diferencia y la misma sentencia con un toque de dolor y seriedad. Espero comprender lo que me estaban tratando de decir. Jugué básquet, fui malo .En Futbol, pasable. En Voleibol, la vacilé. De vez en cuando me gusta salir y pasear por las calles de esta ciudad con la única amiga libre que me queda: mi bicicleta. Hacer una biografía no es fácil, sobre todo cuando tu vida se construye de lo que aparezca. Nada es estable. No tengo apegos. Si lo hago es porque lo siento. Como un grupo de amigos que por casualidad terminan juntos todas las noches, son mis días. No le tengo miedo a nada. Sólo a los golpes. 


Por Fernando Padilla C.

La Luna de los Días


Quizás fue esa vez cuando te dejé caer de la silla en la que desequilibradamente te balanceabas, porque solo tenías un añito, ¿o añito y medio? La verdad no recuerdo. Le dije a mamá que había sido sin querer y no fue así, tú y yo lo sabemos; no fue así, porque llorabas todo el tiempo, aunque yo no entendía que eso era normal en ti, que sólo querías algo de atención. ¿Pero qué de tus ojos? Había algo en tu mirada que me hacía perder la calma, porque tierna e hipócrita me observabas como queriendo exorcizar mis celos, o cuando dormías con una manecita bajo la mejilla, con esa diabólica inocencia que resultaba ser la mía, en el vacío oscuro de la habitación, mientras ellos te contemplaban orgullosos como si fueses el ángel de sus días, y luego se volvían hacia mí con esa mirada de “ya debemos deshacernos de él”. Y cuando festejaban cada uno de tus breves pasitos al tiempo que sostenían tus pequeños brazos al cielo y los rizos sobre tu frente humedecida se acompasaban con tu leve risita…
     …¿Aun lo recuerdas? Creciste rápidamente mientras me refugiaba en mi cuarto, tras momentos de ira, haciendo dibujos de ti que nadie nunca conoció, y luego, de la nada, aparece en ti ese gusto por pintar tan magistralmente pero que yo no admitía, y te apasionabas por ello desde los tres años, cuando pintabas muñequitos deformes, un solecito sonriente, la casita de tus sueños y círculos por todos lados con un crayón malgastado, de esos que papá te traía. Sí que te apasionabas por ello niña, tanto que yo dejé de hacerlo porque odiaba que te parecieras tanto a mí, odiaba que me imitaras y que ellos volvieran a festejar cada uno de tus grandes pasos a ser la mejor, odiaba que los hicieras felices porque luego se volvían hacia mí con esa mirada de “ya deberíamos deshacernos de él” que se hacía más frecuente cada vez y yo no encontraba ya que hacer… Aunque luego la rutina separó un poco nuestros caminos. Tú elegiste el pincel y muchas mariposas amarillas en el cielo, y yo ocho cigarrillos por día. Sólo representaba una ausencia en la casa. Pero ¿A quien le interesaba ese insignificante detalle? Para ellos tú, niña, siempre tú, sólo tú. Ya no recuerdo la primera vez que levanté la mano contra ti y te dije que eras una maldita bastarda porque encontraste  una de mis cajas de cigarrillos y la enseñaste ingenuamente a papa…
 Quizás por eso te despreciaba tanto. Sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estas despierta. He llagado hasta tu cama en la oscuridad para confesártelas… Pero no me pidas Luna que te explique por qué empuño este cuchillo ensangrentado, porque pronto mamá y papá cruzarán la puerta de tu habitación y se darán cuenta que ya no despertarás, y me lanzaran nuevamente esa mirada de “debimos-deshacernos-de él…” y es que solo ahora lo entiendo niña, eras la luna del día,  pero no de mis días. Sé que mamá morirá de dolor, y que papá me desterrara despiadado a los abismos del olvido que me legaron desde que te  convertiste en la luna que de lejos me contemplaba, porque siempre querías aprender algo de mí. Siempre quisiste estar a mi lado como un rayo de luz.
 Mas ahora me persigue una sombra, la imborrable sombra de ser siempre  un miserable desdichado.                                         
Por Javier Eduardo Córdoba.