domingo, 21 de agosto de 2011

El Reino de un Día


La Princesa intentaba escabullirse del yugo opresor del rey, quien la entregó en matrimonio para garantizar que el reino-de-un-Día continuara cediendo al rigor del tiempo. Era un ritual ancestral y mitológico que otorga a los habitantes del territorio la oportunidad de presenciar los nuevos días.
Lo cierto es que desposando a la Princesa preservaban que las estaciones del año siguieran el curso debido y, más importante aún, aseguraban librarse de la inmortalidad. Ésta les era conferida de un modo curioso: a cambio de llevar una existencia eterna, una fuerza primordial, ciega e incorruptible, los determinaba a soportar una vida sin el tiempo de marcha, como la imagen de un sueño reflejado por siempre en el espejo, sin actividad física, ajeno a los trámites del azar y detenido en un-Día. Hallarse acechados por tal destino los amedrentaba; preferían optar por las futilidades que daba el mundo en las peripecias de los nuevos días, con su esplendor de dolores y placeres, antes de enfrentar una y otra vez la misma situación, sin que en ella nada haya de nuevo y no poder morir para evitarlo.
Era un pueblo sobrio y desinteresado en cuanto a la posibilidad de buscar un ideal de verdad se refiere. Tenían más curiosidad por las maravillas que les podía despertar el mundo a cada instante, donde parecía aunarse tanto la ignorancia de no saber lo que se percibe, con la admiración y el asombro de despreocuparse por aprehenderlo y desperdiciar ese fenómeno único. Por eso la trascendencia del ritual era irrefutable, porque representaba una necesidad crucial para las creencias de todos, hasta tal grado que en la psique colectiva del reino no había experiencia de otro medio con que salvarse.
Sin embargo, en la noche anterior, cuando el regocijo de los reyes se manifestaba en las mesas del banquete y los cálices esperaban alzarse en vaticinio de buen agüero para la posteridad, la Princesa-del-reino-de-un-Día había elegido rechazar a su prometido. La decisión le llegó al caminar cabizbaja por la alfombra violácea que comunicaba en dirección al altar. Al llegar justo al lado del Príncipe-de-los-reinos-del-Ocaso, levantó la cabeza y vio en su mirada a un ser deforme por la inexorable tristeza de la puesta de sol. A sabiendas de que una vez llevado a cabo el ritual la existencia continuaría siendo tan efímera, rehusó vivirla al lado de él; prefería la inmortalidad detenida en un-Día, que al vago recuerdo de una alegría perdida. Ya convencida soltó el ramo y emprendió la huida.
Al margen de tal situación, el rey ordenó la pronta captura con el fin de obligar a su hija a cumplir con la ceremonia. Le era imposible creer que arriesgara adrede los nuevos días del reino por una fruslería.
Es así como la Princesa-del-reino-de-un-Día corría con lasitud y a pies descalzos por el bosque, con el vestido sucio de barro y los cabellos agitados al aire. La primera aurora de la mañana empezaba a salir por detrás de las montañas del oeste. Se detuvo cuando la bandada de golondrinas en el despliegue de alas ocultó el cielo celeste; en ese momento escuchó en el zumbido de los arboles la voz del rey y en las vibraciones de la tierra el fervor del ejército. Bien pareciera que en cualquier instante iba hacer apresada y forzada a llevar una existencia tan corta como infeliz. Miró en dirección al castillo que se alzaba por encima de un peñascal, y sacó una daga que traía escondida en el corsé del vestido; la empuñó a espera de que la hueste del rey asomara por los recovecos del bosque.  
Estuvo de pie, rígida cual poste, sin moverse hasta que llegó el rey. Cuando lo vio bajar del caballo ensayó acercársele, creía capaz de combatirlo, pero el abucheo del ejército la paralizó hasta el tuétano. No había más oportunidad de huir, se hallaba en una encrucijada, sin salida, deseando merecer alguna; le repugnaba aceptar las ordenes de su padre y encadenarse a un ritmo de vida tan inútil como melancólico. Cruzó por su mente soltar el arma y no oponerse más al destino de su linaje y a la ejecución del ritual, sin embargo, una premonición más intensa la invadió erizándole la piel… Sonrió con el rostro desvaído por las lágrimas y temeraria decidió clavarse la daga en la garganta.
Quedaron enmudecidos. Nunca el reino-de-un-Día había sido testigo de semejante espectáculo; no poseían en su lenguaje de símbolos y etimologías que ahondan el olvido, nada que permitiera especificar el comportamiento de la Princesa. Si bien percibían la muerte, esta sólo se asimilaba a un cerrar de ojos después de llevar una existencia longeva; esa satisfacción menospreciada de envejecer hasta que les era arrebatado el último suspiro.  

Desde entonces la preocupación del rey aumentó y, no era para menos, sin la Princesa el ritual era una ceremonia común y corriente que no suministraba ningún beneficio al reino. Durante varios meses de parsimonia, al borde de llegar a su término la mortalidad que ofrecían los nuevos días, se presionó a los habitantes con la intención de descifrar una salida. A este propósito, el cuerpo de la Princesa fue conducido al templo de los místicos, acostado en una lamina de mármol, tan álgida que parecía construida para hacerla regresar a la vida; una vez ahí fue observada con arrobo, buscaban dar con una respuesta capaz de desentrañar el comportamiento de la Princesa, dado que fue la única que logró salvarse prescindiendo del ritual sagrado.
Los místicos intuían –y esto se lo hacían saber al rey al oído–, que una vez adiestrado el pueblo en ese inexplicable hecho, estarían capacitados para eludir a toda costa la inmortalidad del reino-de-un-Día.   


Por Hernán Grey Zapateiro

miércoles, 29 de junio de 2011

El Ave Superior

El águila nunca perderá su raza
y abandona la vida batallando,
                                                  es verdad
Pero mientras en su vuelo orgulloso ve las cabezas de todos
Alguien la observa desde otras alturas.
Y no es Dios


por Juan David M. Mogollón

lunes, 27 de junio de 2011

Monstruos

A  Joaq Ramir

En el Rincón más apartado de un parque, dos hombres se acaban de encontrar. Uno es de edad madura y va vestido presuntuosamente. El otro es un joven que no supera los veintitrés años; va vestido con ropas desgastadas, que evidencian el estado de miseria en el que se encuentra. El primer hombre mira hacia todos lados manifestando unos nervios ridículos, como temeroso de que alguien  pueda verlo a esas horas de la noche, hablando con aquel otro de, al parecer, dudosa reputación.

Teratólogo: ¡Anoche apareció en mi jaula su última materialización onírica!
Visionario: ¿Qué sucede?
Teratólogo: Le pedí una creación que atentara contra el sentido común, no una aberración que atenta  contra  lo irracional.
Visionario: Me pidió un espécimen raro que sorprendiera a la ciencia y a los hombres, para así grabar su nombre en la historia de la teratología…
Teratólogo: Con una cosa como esa seré expulsado de la academia y se me acusará de haber descendido al infierno a cazar demonios.
Visionario: No lo entiendo… ¿Qué es lo que tanto le perturba de la criatura?
Teratólogo: ¡Por Dios, no sé qué clase de concepción tiene usted de la realidad, pero déjeme decirle que si estuviera en mí el poder, lo castigaría por tener sueños tan morbosos y osar materializarlos en este espacio armónico!
Visionario: ¿Espacio armónico? ¡El hombre y la razón son una materialización en masa de un sueño abyecto que con el tiempo robó el manto de lo normal y disfrazó sus asquerosas imperfecciones!
Teratólogo: No se justifique… ¡usted es peor que ese monstruo que ha creado!
Visionario: ¡El Síndrome de Frankestein!
Teratólogo: ...
Visionario: Buscan una verdad y al encontrarse con ella se horrorizan, intentando por todos los medios destruirla, sin saber que ella no es más que la manifestación de lo insano de sus espíritus. 
Teratólogo: ¿Cómo se atreve a llegar a ese nivel de cinismo? No he creado nada que atente contra la naturaleza… usted fue quien trajo a esté  mundo a esa maldita….
Visionario: En cierta medida no se equivoca, pero no olvide que he soñado a esa criatura miserable porque usted así me lo pidió como pago por una deuda. Su voluntad le dio impulso a mi imaginación. Son tantos sus anhelos de gloria en el Mundo Científico que proyectó sobre mí, una vorágine de extravagancias que inevitablemente hicieron que mis pensamientos colapsaran, dando como resultado el nacimiento del rey de los monstruos… El más perfecto de los anormales.
Teratólogo: ¡Maldito!
Visionario: …
Teratólogo: ¿Cómo pretende que estudie a ese inclasificable engendro de la contranatura?
Visionario: Usted es el científico…
Teratólogo: Para saber lo que es, tendría que inventar una nueva ciencia mezclando la teratología, la superstición y la esquizofrenia. Una ciencia irracional que descarte lo científico y aplique el método Neuro-caótico que se caracterizaría por no buscar la solución de problemas sino que se concentraría en crearlos. Una contraciencia nacida de la locura… sus laboratorios estarían ubicados en los, tan últimamente superpoblados, manicomios.
Visionario: ¡Usted será creador de ciencia tan necesaria para los hombres de esta era!
Teratólogo: ¡No, desde que usted dio nacimiento a esa criatura, se convirtió en el padre de “La Ciencia Ominosa De Las Pesadillas”!
Visionario: ¿Por qué siente tanto desprecio por la llave que abrirá la puerta del respeto de la ciencia?
Teratólogo: Su maldito monstruo… De no ser un iniciado habría perdido la razón al contemplar la perfección de sus imperfecciones… ¡Su monstruo posee todos los atributos de lo ilícito para los hombres!
Visionario: …
Teratólogo: Para utilizar algunos de los términos científicos con los que normalmente se designan algunas malformaciones y fenómenos del cuerpo, se podría decir que su esperpento padece de: exceso de Aneurismas en toda la epidermis. En dos de sus cabezas padece Microcefalia, con tendencia en una de ellas a la Anencefalia. En sus otras tres cabezas encontramos una Macrocefalia crónica afectada por el aumento de contenido líquido Cefalorraquídeo en el cráneo, también conocido este fenómeno como Hidrocefalia.
Visionario: Lo mío son los sueños  y materialización de realidades… ¡los de mi naturaleza no sufrimos del mal de bautizar lo innombrable!
Teratólogo: ¡Cállese y escúcheme! Ese monstruo padece de Hiperpatía, que es la sensación exagerada de dolor producto de una hernia cerebral. Tiende a padecer episodios de Acatisia y Acinesia lo que lo convierte un ser impredecible… si es que esa cosa puede tener un ser…
Visionario: Todo posee un Ser en el universo, incluso las palabras técnicas con las que no debe ser nombrado.
Teratólogo: Déjeme decírselo de una forma en que me entienda: El cuerpo de ese aborto está formado por la simbiosis de órganos que ahora parodian la función para lo que fueron creados. Miembros masculinos con bocas voraces devoran a miembros femeninos con ojos. Corazones obscenos bombean sustancias pestilentes a extremidades de mamíferos, reptiles, anfibios e insectos. Una boca babeante en la espalda mueve una lengua blasfema que desciende hasta el ano de donde salen manos que aprietan testículos palpitantes. Intestinos colgando con las cabezas, como joyas que embellecen una concepción aborrecible de la estética; como si la idea de lo Interno no existiera y se encontrara placer en exhibir, eso monstruoso que debemos esconder y olvidar para no horrorizarnos. Tumores de todos los tamaños llenos de semen, sangre, pus, saliva, parásitos y excremento. Una nauseabunda gangrena que devora la carne y la vuelva a escupir con una consistencia inconcebible por la anatomía; como dando un espectáculo de lo… de lo…
Visionario: ...
El hombre de edad madura no puede contener las nauseas y suelta sobre sus elegantes ropas, un chorro de vomito que culmina en los pies del joven.
Teratólogo: Prométame que hará que ese monstruo desaparezca… prométame que me concederá la amnesia…
Visionario: Ese que llama monstruo es la manifestación carnal del panteísmo. El soñador puede hacer más por los hombres que mil teorías y mil experimentos, pero no le importa, prefiere la soledad de sus aventuras en los laberintos de su cabeza.
Teratólogo: ¡Está enfermo… su cabeza es el único monstruo que la teratología debería estudiar!
Visionario: No.
 El joven mira hacia la salida del parque e intenta marcharse, pero el otro lo toma de la mano y lo mira suplicante.
Teratólogo: Prométame que liberara  al mundo de ese monstruo repugnante…
Visionario: El mundo recibirá lo que merece… será destruido por el monstruo padre de todas las monstruosidades: El Hombre
Se marcha dejando al científico arrodillado, llorando con sus ropas sucias de vómito.
Teratólogo: ¡Maldito… has condenado a la humanidad!


 por El Señor Underground

sábado, 25 de junio de 2011

El Taller

Sentía que su situación era igual que a la de García Madero en la primeras páginas de Los Detectives Salvajes, cargado de una profunda indiferencia. Asistía todos los sábados sin falta al taller literario, con la extraña certeza de que lo bueno no ocurriría en la sesión, sino, posteriormente, cuando acompañado de dos o tres compinches “que pensaban como él”, se sentaba a fumar y a discutir de literatura o cualquier otro asunto, en las bancas de aquella plaza tan concurrida, las noches de viernes, por maricas, drogos e intelectuales de bolsillo.
Con el pasar de los meses descubrió que un gran número de los integrantes del taller tenían una concepción de la literatura basada en el armazón tan  poco imaginativo de la academia. Todos se movían como fichas de un juego sin nombre donde lo importante no eran los jugadores, ni el juego, ni el premio; solo un anesteciamiento de la conciencia, -Una “Matazón” del sentido indefinido y maravilloso de la creación-.
Mucho de sus allegados, que conocían su naturaleza de animal solitario, le preguntaban qué lo había llevado a ingresar al taller. Él, en su jerga de burlón les respondía mientras aspiraba del cigarrillo: -Quiero que en mi biografía digan que tuve la costumbre de asistir a talleres a observar el fusilamiento de los sueños idiotas de aquellos que creen que la literatura no es un tráfico de besos y caricias-. Muchos se reían sin saber a qué se refería.
Tenía la costumbre de imaginar genocidios, mientras el director y los integrantes del taller, disfrutaban su papel de médicos forenses, diseccionando las partes inertes de “Textos prematuramente abortados” por la matriz de la borrachina madre literatura. A veces soñaba que los miembros del grupo eran palabras escritas con lápiz y que, con un borrador tenía el poder de borrarlos de la faz de la hoja absurda, que pensaba, era el mundo.
Su presencia, como la de todos en el taller, era prescindible, pero algo no careciente de ridiculez hacia que todos los sábados se despertara a las siete de la mañana, y después del ritual de la ducha y el desayuno se abalanzara contra el tráfico omnipresente de la ciudad, rumbo a la universidad pública, sede del encuentro entre Inquisidores-Víctimas y las Victimas-Inquisidores.
Esto le había llevado a pensar que El Taller era una criatura con una autonomía desconcertante que bien podía “existir” sin la presencia de alguien; una criatura abstracta con características de matadero, trinchera, burdel, hospital, cementerio y cárcel. Sus sospechas se confirmaron mientras una mañana el grupo, en silencio, analizaba un cuento. Primero escuchó un rumor como proveniente de un agujero, un rumor como de agua y lamento. Luego, sin más, escuchó una voz gutural “que no era más que la voz de todos los miembros del taller” -Lárgate maldito, crees que eres más listo que todos aquí, por un par de lecturas y por los patéticos experimentos de escritura llenas de anacronismo. Nadie quiere tu maldita presencia en esta reunión; eres una piedra en el zapato... que la madre creación se apiade de tu alma!-. Él, después de salir de la sorpresa y entender que esa voz era la materialización de los pensamientos de los talleristas, solo respondió: -Jódete-.

Desde ese día su presencia en las sesiones se volvió taciturna y era poco o nada lo que comentaba de los textos a valorar. Todos estaban consternados. Una mañana, dos meses después del suceso de la voz, mientras analizaba uno de sus textos, titulado “El Taller”, sin previo aviso, sacó de su mochila con violencia un gigantesco cuchillo de cocina y grito: -¡Voy a matar al taller!, ¡Voy a matar el taller!-. Todos se levantaron de sus puestos invadidos por el pánico porque sentían que era una venganza personal contra cada uno de ellos. Él, con la boca retorcida y los ojos inyectados de sangre como un toro y con las palabras que se le atragantaban en el intento de pronunciarlas, exigía que le trajeran El Taller para matarlo y salvar a la literatura. Todos ignoraban que deseaba acabar con la vida de la Criatura; del Monstruo que era El Taller.
Dos horas después yacía amarrado en la parte trasera de una patrulla de la policía, lanzando maldiciones contra El Taller y sus sacerdotes, los talleristas. Todos los que habían estado presentes, contaban ante las cámaras que no se explicaban cómo no los había matado, dado el tamaño del arma cortopunzante y la furia del agresor. En la emisión del medio día del noticiero 666, la presentadora con gestos de fingida preocupación, informó que en la ciudad X, un joven escritor X, que hacia parte de un taller X, trató de matar a sus compañeros porque éstos eran intolerantes con los despojos que éste escribía. Contaba que después de varias horas de forcejeo y negociaciones, la fuerza pública había logrado hacerlo “entrar en razón” garantizándole que si bajaba el arma, ellos le ayudarían a acabar con el taller.
 Luego de eso, las sesiones del taller suspendieron por cuatro meses hasta que los más afectados olvidarán el incidente. Él, duró dos años internado y tres en terapia, para convencerse que El Taller no era un monstruo, sino, un grupo de personas que se reunían para compartir sus textos y hablar de literatura. Algunos amigos que le visitaron en su estadía en la casa de reposo, lo encontraron tranquilo escribiendo cartas a escritores consagrados ya fallecidos.
El doctor que llevaba su caso se sorprendió un día, al encontrar entre sus cosas el borrador de una carta escrita a Rimbaud que decía:

Todos los ataques en contra del soñador transgresor son producto de una conspiración de un monstruo llamado “El Taller”. Usted, como yo, es víctima de su influencia. Los dos sabemos lo que es la desesperación y la incredulidad de los hombres. Usted en el infierno, yo en el vacío. Aún recuerdo, antes de que me encerrarán aquí, la voz del Taller gritándome: “¡Perdiste como los demás, yo soy la literatura, soy quien decide quién se queda y quien se va!”
Es doloroso no poder salvar a los soñadores del futuro, es dolorosa la vida...
Para crear hay que destruirse...
Yo me destruiré intentando matar al monstruo…
 Yo mataré al Taller...
Yo mataré al Taller...
 Lo prometo...

Por El Señor Underground


lunes, 4 de abril de 2011

De Meka Montes.

Lanzarme al vacío
Se convierte en una perfecta tentación.
Encuentro atractivo el tono verde de la hierba,
Siento que me llama
Me espera
Me necesita;
No aguanta más
No resiste las ganas de volverme suya…
Creo
Que debo alejarme de la orilla.

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Ya casi no visito a aquella amiga que vive en el espejo,
 Hace ya mucho tiempo desde la última vez que la vi llorar
Que hasta he olvidado el color de sus lágrimas,
Nos hemos limitado a la silenciosa visita mañanera en la que
Sólo por unos instantes
Compartimos mi aliento podrido.
Ya no me dice que ropa me queda mejor,
 Escasas veces lanza opiniones con respecto a mi pelo.
Ha dicho que me extraña, Ha amenazado con desaparecer.
Yo le respondo
Que entonces me haré amiga de la negra sin rostro,
Aquella que se deja ver, únicamente,
Cuando mi cuerpo se cruza entre ella y la luz.

De Xururuca

Descansas en mi lecho.
Insistes en él como buscando
las noches y las caricias
que no te fueron regaladas.
Me nombras,
sientes cada palabra
como gota que acrecienta
nuestra tormenta.
Te pierdes,
te pierdes como uno más
de los animales que sin rumbo
caminan hacia este mar
intentando buscar
una inocencia perdida.



ENUMERACIÓN PROLONGADA

La desvergonzada soledad
se cuela entre mis sabanas.
Mantiene un olor conocido,

un olor que se vuelca con los dolores que me acompañan,
que se confunde con los buenos días que regalo al aire,
con el baño que tomo a diario,
con las manos que me recorren,
con los amigos que prometieron quedarse,
con la fingida luz que aún reposa entre mis libros,
con el llamado que irrumpe en medio del sueño,
con los pasos que faltan por concluir,
con las tantas palabras que han quedado suspendidas en mi aliento,
con las ganas de mantener a puertas cerradas lo que crece en mí.
Es así como el olor de la soledad se confunde entre una vida asfixiada,
una casa llena y una habitación amplia y vacía.

jueves, 3 de marzo de 2011

TRANSGRESIÓN EN MIEL


Construir una imagen de sus ojos leyéndome no fue muy difícil. Aquello, al igual que muchas otras cosas, no creó tanto interés en mí. Recuerdo que le agradó mi lado perverso combinado con lujuria y la poca inocencia que dejaba entrever. Suponía yo que se trataba de uno más de esos hombres desesperados que les gustaba tirar su caña de cuando en cuando para ver que pez nuevo y extraño podían encontrar.
Admito que con los días mordí la caña, no dejaba de parecerme que lo que la sostenía del otro lado se veía raro y atractivo, entre otras cosas porque sabía que al igual que las olas, era de esos que iban y venían. Sin embargo, tomó para mí la importancia que quise que tuviera, me imagino que por aquella mala costumbre que tiene la vida de poner frente mis narices lo que ya tiene dueño. Igual, no dejó de ser algo extraño y excitante a la vez; tan extraño y excitante como la conversación que podría tener un pez con su captor.
Desde entonces, no olvido la manera en que revoloteaba, simulaba ser aquel pez que luego de tan excitante conversación con quien le acecha, sólo pide que sea sacado del agua para que lo tome entre sus manos y haga de él lo que quiera. Para mi fortuna, él, al igual que yo, venía de un mundo donde el mayor privilegio era ser curioso. Compartíamos los mismos infinitos deseos de explorar hasta el más oscuro e insondable mar. De donde venía, las palabras también eran importantes, y las que me regalaba eran más que éso, eran profundas palabras que entraban en mí como notas musicales que necesitaban ser escuchadas y leídas. Palabras que además fueron manos delicadas que se posaban alrededor de mi cuerpo cada vez con mayor intensidad.
Yo para entonces insistía en que todo era posible tanto en la tierra como en el cielo, y que la imaginación sería mi mejor hierba mientras todo lo dulce y amargo brotaba de nuestros pequeños  instantes. Mis manos al igual que el secreto de sus palabras, lograron llevarlo donde nunca antes había ido. Logré posar en él la intriga por conocer el poder de estas manos, de descifrar ese misterio que las hacía especiales, ese que las convertía en llaves dispuestas a descubrir los tesoros más escondidos.
No era secreto para ninguno de los dos que nos aprovechamos el uno del otro tantas veces como pudimos, como tampoco lo fue el que nos valiéramos del descuido del mundo, de la insolencia del tiempo, de los lugares más solitarios pretendiendo no sólo evitar las miradas sino también liberarnos de pudores absurdos mientras nos tirábamos donde pocos serían capaces de hacerlo. Nos volvimos pecadores, cómplices rebosantes de lujuria, con ganas de más y más. Mientras tanto yo, me preguntaba sobre el iluso que había logrado engañar a muchos con el cuento de que el cuerpo no era más que la cárcel del alma; porque había alguien que lograba hacerme sentir libre en cuerpo y alma, tanto así, que al tenerlo de frente sólo escuchaba a mi alma reír viendo de lo que era capaz mi cuerpo al disfrutar de tantos abismos, imaginando que ese era el modo más delicioso de sobrevolar jardines que me eran prohibidos. Y que a pesar de verlo ir y venir, niego que sólo fue lujuria, iba más allá de un pecado capital; era ansiedad por descubrirlo, por saber que estaba allí, era comezón en las manos por querer acariciarlo, por querer sentirlo, era inquietud en mis labios, era desespero en mis piernas, era temblor en mi mirada, era pecado mezclado con miel. Se trataba más que de aquella luna que en sueños se posaba sobre mi pecho y retenía entre mis brazos con la clara certeza de que sólo sería para mí durante las pocas horas que la noche lo permitiera. Y aunque acepto que luchaba contra mis parpados, y no por arrepentida, ni por amante, ni por joven, ni por gentil, sino por la tierra que se humedecía en mi garganta y por la ausente y presente vida que había tenido, en aquellos momentos mi única ambición era beberme la vida tan despacio como pudiera, una y otra vez, a su lado. Eso sin olvidar que perseguía lo mismo que yo en él: un viaje no tan fugaz que nos dejara lo más lejos posible del punto donde nos había recogido, donde nuestra piel se hiciera jardín en la sombra. 
Por Xururuca


miércoles, 2 de marzo de 2011

ORACIÓN

bailo, bailo como muerto

bailo pegado al piso

bailo porque no puedo llorar

por eso el movimiento de mis piernas

tras el bit electronico, no se detiene

dieciseis golpes de pura nota alta

aunque las calles esten llenas de cenizas

y mi cuerpo desgastado

no pararé de bailar

¿que alla fuera los arboles se pudren

y mama llora angustiada?

¿que me siento solo y vacio

y tu y ella y todos?

no me importa, yo bailo

me visto de sabado

un golpe y dos y tres

¡listo! ahora el planeta se deshace

la pista universobaile

espera por mi

nadie, nadie me detendrá

mañana viene acechando la rutina

uno, dos, tres golpes

y vuelvo a bailar

Por Fernando Padilla Cabarcas

lunes, 28 de febrero de 2011

PASOS PARA LLEGAR A SER FLOR

Su respiración entrecortada resuena por toda la calle principal y por las puertas y ventanas que se cierran a su paso. Sus pies repletos de temor, cansados, torturados, golpean de tal forma el pavimento que parece que se hundieran en arena movediza. El aire palidece en sus pulmones, el sol lo ciega, los verdugos que lo han perseguido por más de una hora siguen pegados a su sombra. Sus piernas desfallecen ante la ilusión de la meta inexistente. Su energía se agota como los sabores dulces en tiempos amargos. Quisiera pensar que lo acaecido a él y a su familia no es más que un sueño, el peor de los sueños. Quisiera calmarse y concentrar fuerza de voluntad para despertar. Cierra los ojos como un niño esperando la desaparición de la noche. Su corazón ha dejado de cabalgar. El sudor ha dejado de correrle. "Sólo fue una pesadilla", se dice. Abre los ojos y ve matarratones, maleza y la fachada trasera de una casa magullada por el tiempo, la polilla y la pólvora. Intenta mirarse pero no puede. Con la ayuda del agua estancada en  las fosas que invaden el patio logra reflejarse: es una, sólo una de las flores del oxidado mango que alumbran la soledad del cielo.

POR: JUAN MANUEL GONZÁLEZ SEQUEDA

domingo, 27 de febrero de 2011

JUEGO Y SECRETO

En la vieja casa de los Cordelli había una habitación a la que se entraba para morir, para pasar al mundo de los nunca más recordados.

Quien lo diría. Era la casa más hermosa de la calle, se le cuidaba cada detalle con la dedicación de un artista cuya obra se veía reflejada en un pintoresco jardín de rosas. En las columnas reposaban macetas con helechos que adornaban la entrada, alzándose verdes y elegantes, como dando la bienvenida a todo aquel que visitaba a los Cordelli con el deseo de ingresar en la habitación del olvido.

Simplemente, la persona que quería dejar de soportar el peso de sus fracasos, reposaba en la única cama que había en el cuarto, movía un poco su cuerpo como buscando el punto mas cómodo y, finalmente, cerraba sus ojos, para así ser olvidada por aquellos que una vez la amaron.

Todos los días, al caer la tarde, yo iba a jugar con los hermanos Cordelli. No es que fueran muy interesantes, pero desde que me contaron aquello que consideraban un secreto, no dejaba de visitar la vieja casa. Eran unos chicos traviesos y persistentemente buscaban la manera de entrar de incognitos en la habitación que les era vedada, aún conociendo el castigo por intentar descubrir el arcano oculto de la muerte. Siempre notaba que sus padres se apresuraban preocupados a alejarlos de la estancia. Lo que para los hermanos era un inocente juego de curiosidades, para los señores Cordelli significaba algo más, algo que nunca querían revelar.

Pero aquel día fue extraño, lo que sentía como curiosidad pronto se convirtió en temor cuando los chicos me contaron que su abuela había previsto su entrada al cuarto. Entonces ¿cualquiera podría caer en la tentación de entrar en dicha recamara? Pensé en ese instante.

A pesar de ese temor, me deje llevar placenteramente por la imaginación a ese instante en que la abuela Cordelli daría el último suspiro. Era el momento, atravesé un largo pasillo hasta encontrarme frente a frente con una puerta blanca. El tiempo allí se detuvo, mis dedos empujaron suavemente para dejar entrever unos pies tendidos pesadamente en una cama, luego su cuerpo, que se movía incomodo ¿De qué se trataba todo en realidad? Quería saberlo. La puerta se abría un poco más, como un libro ansioso por mostrar la verdad que tanto has buscado. Hasta que algo la detuvo bruscamente.

Más allá de acomodarse en una cama, nunca logre conocer la manera como sucedió lo misterioso de la muerte. No volví, por cierto, a visitar la vieja casa desde el día en que los Cordelli me sacaron agarrado por las orejas. Y como los años pasaban, ya no quise jugar con los hermanos, temía que me invitaran a entrar en aquel cuarto. Admito que en ciertos momentos de mi vida, nunca habría podido rechazar esa invitación.

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POEMA

En mis bolsillos se pudren
sucesión de momentos,
aun sin retornar
al fluir de las venas rotas.
                                                                                                      
Javier Córdoba