lunes, 4 de abril de 2011

De Xururuca

Descansas en mi lecho.
Insistes en él como buscando
las noches y las caricias
que no te fueron regaladas.
Me nombras,
sientes cada palabra
como gota que acrecienta
nuestra tormenta.
Te pierdes,
te pierdes como uno más
de los animales que sin rumbo
caminan hacia este mar
intentando buscar
una inocencia perdida.



ENUMERACIÓN PROLONGADA

La desvergonzada soledad
se cuela entre mis sabanas.
Mantiene un olor conocido,

un olor que se vuelca con los dolores que me acompañan,
que se confunde con los buenos días que regalo al aire,
con el baño que tomo a diario,
con las manos que me recorren,
con los amigos que prometieron quedarse,
con la fingida luz que aún reposa entre mis libros,
con el llamado que irrumpe en medio del sueño,
con los pasos que faltan por concluir,
con las tantas palabras que han quedado suspendidas en mi aliento,
con las ganas de mantener a puertas cerradas lo que crece en mí.
Es así como el olor de la soledad se confunde entre una vida asfixiada,
una casa llena y una habitación amplia y vacía.

jueves, 3 de marzo de 2011

TRANSGRESIÓN EN MIEL


Construir una imagen de sus ojos leyéndome no fue muy difícil. Aquello, al igual que muchas otras cosas, no creó tanto interés en mí. Recuerdo que le agradó mi lado perverso combinado con lujuria y la poca inocencia que dejaba entrever. Suponía yo que se trataba de uno más de esos hombres desesperados que les gustaba tirar su caña de cuando en cuando para ver que pez nuevo y extraño podían encontrar.
Admito que con los días mordí la caña, no dejaba de parecerme que lo que la sostenía del otro lado se veía raro y atractivo, entre otras cosas porque sabía que al igual que las olas, era de esos que iban y venían. Sin embargo, tomó para mí la importancia que quise que tuviera, me imagino que por aquella mala costumbre que tiene la vida de poner frente mis narices lo que ya tiene dueño. Igual, no dejó de ser algo extraño y excitante a la vez; tan extraño y excitante como la conversación que podría tener un pez con su captor.
Desde entonces, no olvido la manera en que revoloteaba, simulaba ser aquel pez que luego de tan excitante conversación con quien le acecha, sólo pide que sea sacado del agua para que lo tome entre sus manos y haga de él lo que quiera. Para mi fortuna, él, al igual que yo, venía de un mundo donde el mayor privilegio era ser curioso. Compartíamos los mismos infinitos deseos de explorar hasta el más oscuro e insondable mar. De donde venía, las palabras también eran importantes, y las que me regalaba eran más que éso, eran profundas palabras que entraban en mí como notas musicales que necesitaban ser escuchadas y leídas. Palabras que además fueron manos delicadas que se posaban alrededor de mi cuerpo cada vez con mayor intensidad.
Yo para entonces insistía en que todo era posible tanto en la tierra como en el cielo, y que la imaginación sería mi mejor hierba mientras todo lo dulce y amargo brotaba de nuestros pequeños  instantes. Mis manos al igual que el secreto de sus palabras, lograron llevarlo donde nunca antes había ido. Logré posar en él la intriga por conocer el poder de estas manos, de descifrar ese misterio que las hacía especiales, ese que las convertía en llaves dispuestas a descubrir los tesoros más escondidos.
No era secreto para ninguno de los dos que nos aprovechamos el uno del otro tantas veces como pudimos, como tampoco lo fue el que nos valiéramos del descuido del mundo, de la insolencia del tiempo, de los lugares más solitarios pretendiendo no sólo evitar las miradas sino también liberarnos de pudores absurdos mientras nos tirábamos donde pocos serían capaces de hacerlo. Nos volvimos pecadores, cómplices rebosantes de lujuria, con ganas de más y más. Mientras tanto yo, me preguntaba sobre el iluso que había logrado engañar a muchos con el cuento de que el cuerpo no era más que la cárcel del alma; porque había alguien que lograba hacerme sentir libre en cuerpo y alma, tanto así, que al tenerlo de frente sólo escuchaba a mi alma reír viendo de lo que era capaz mi cuerpo al disfrutar de tantos abismos, imaginando que ese era el modo más delicioso de sobrevolar jardines que me eran prohibidos. Y que a pesar de verlo ir y venir, niego que sólo fue lujuria, iba más allá de un pecado capital; era ansiedad por descubrirlo, por saber que estaba allí, era comezón en las manos por querer acariciarlo, por querer sentirlo, era inquietud en mis labios, era desespero en mis piernas, era temblor en mi mirada, era pecado mezclado con miel. Se trataba más que de aquella luna que en sueños se posaba sobre mi pecho y retenía entre mis brazos con la clara certeza de que sólo sería para mí durante las pocas horas que la noche lo permitiera. Y aunque acepto que luchaba contra mis parpados, y no por arrepentida, ni por amante, ni por joven, ni por gentil, sino por la tierra que se humedecía en mi garganta y por la ausente y presente vida que había tenido, en aquellos momentos mi única ambición era beberme la vida tan despacio como pudiera, una y otra vez, a su lado. Eso sin olvidar que perseguía lo mismo que yo en él: un viaje no tan fugaz que nos dejara lo más lejos posible del punto donde nos había recogido, donde nuestra piel se hiciera jardín en la sombra. 
Por Xururuca


miércoles, 2 de marzo de 2011

ORACIÓN

bailo, bailo como muerto

bailo pegado al piso

bailo porque no puedo llorar

por eso el movimiento de mis piernas

tras el bit electronico, no se detiene

dieciseis golpes de pura nota alta

aunque las calles esten llenas de cenizas

y mi cuerpo desgastado

no pararé de bailar

¿que alla fuera los arboles se pudren

y mama llora angustiada?

¿que me siento solo y vacio

y tu y ella y todos?

no me importa, yo bailo

me visto de sabado

un golpe y dos y tres

¡listo! ahora el planeta se deshace

la pista universobaile

espera por mi

nadie, nadie me detendrá

mañana viene acechando la rutina

uno, dos, tres golpes

y vuelvo a bailar

Por Fernando Padilla Cabarcas

lunes, 28 de febrero de 2011

PASOS PARA LLEGAR A SER FLOR

Su respiración entrecortada resuena por toda la calle principal y por las puertas y ventanas que se cierran a su paso. Sus pies repletos de temor, cansados, torturados, golpean de tal forma el pavimento que parece que se hundieran en arena movediza. El aire palidece en sus pulmones, el sol lo ciega, los verdugos que lo han perseguido por más de una hora siguen pegados a su sombra. Sus piernas desfallecen ante la ilusión de la meta inexistente. Su energía se agota como los sabores dulces en tiempos amargos. Quisiera pensar que lo acaecido a él y a su familia no es más que un sueño, el peor de los sueños. Quisiera calmarse y concentrar fuerza de voluntad para despertar. Cierra los ojos como un niño esperando la desaparición de la noche. Su corazón ha dejado de cabalgar. El sudor ha dejado de correrle. "Sólo fue una pesadilla", se dice. Abre los ojos y ve matarratones, maleza y la fachada trasera de una casa magullada por el tiempo, la polilla y la pólvora. Intenta mirarse pero no puede. Con la ayuda del agua estancada en  las fosas que invaden el patio logra reflejarse: es una, sólo una de las flores del oxidado mango que alumbran la soledad del cielo.

POR: JUAN MANUEL GONZÁLEZ SEQUEDA

domingo, 27 de febrero de 2011

JUEGO Y SECRETO

En la vieja casa de los Cordelli había una habitación a la que se entraba para morir, para pasar al mundo de los nunca más recordados.

Quien lo diría. Era la casa más hermosa de la calle, se le cuidaba cada detalle con la dedicación de un artista cuya obra se veía reflejada en un pintoresco jardín de rosas. En las columnas reposaban macetas con helechos que adornaban la entrada, alzándose verdes y elegantes, como dando la bienvenida a todo aquel que visitaba a los Cordelli con el deseo de ingresar en la habitación del olvido.

Simplemente, la persona que quería dejar de soportar el peso de sus fracasos, reposaba en la única cama que había en el cuarto, movía un poco su cuerpo como buscando el punto mas cómodo y, finalmente, cerraba sus ojos, para así ser olvidada por aquellos que una vez la amaron.

Todos los días, al caer la tarde, yo iba a jugar con los hermanos Cordelli. No es que fueran muy interesantes, pero desde que me contaron aquello que consideraban un secreto, no dejaba de visitar la vieja casa. Eran unos chicos traviesos y persistentemente buscaban la manera de entrar de incognitos en la habitación que les era vedada, aún conociendo el castigo por intentar descubrir el arcano oculto de la muerte. Siempre notaba que sus padres se apresuraban preocupados a alejarlos de la estancia. Lo que para los hermanos era un inocente juego de curiosidades, para los señores Cordelli significaba algo más, algo que nunca querían revelar.

Pero aquel día fue extraño, lo que sentía como curiosidad pronto se convirtió en temor cuando los chicos me contaron que su abuela había previsto su entrada al cuarto. Entonces ¿cualquiera podría caer en la tentación de entrar en dicha recamara? Pensé en ese instante.

A pesar de ese temor, me deje llevar placenteramente por la imaginación a ese instante en que la abuela Cordelli daría el último suspiro. Era el momento, atravesé un largo pasillo hasta encontrarme frente a frente con una puerta blanca. El tiempo allí se detuvo, mis dedos empujaron suavemente para dejar entrever unos pies tendidos pesadamente en una cama, luego su cuerpo, que se movía incomodo ¿De qué se trataba todo en realidad? Quería saberlo. La puerta se abría un poco más, como un libro ansioso por mostrar la verdad que tanto has buscado. Hasta que algo la detuvo bruscamente.

Más allá de acomodarse en una cama, nunca logre conocer la manera como sucedió lo misterioso de la muerte. No volví, por cierto, a visitar la vieja casa desde el día en que los Cordelli me sacaron agarrado por las orejas. Y como los años pasaban, ya no quise jugar con los hermanos, temía que me invitaran a entrar en aquel cuarto. Admito que en ciertos momentos de mi vida, nunca habría podido rechazar esa invitación.

...........................................

POEMA

En mis bolsillos se pudren
sucesión de momentos,
aun sin retornar
al fluir de las venas rotas.
                                                                                                      
Javier Córdoba

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Lourdes

Crear un mundo aparte -pensó mientras en su rostro se asomaba un gesto de inconformidad, como cuando sabemos que ni las lágrimas ni los lamentos pueden cambiar el rumbo de las cosas-, fue la idea más rápida que cruzó en aquel momento por su mente. Y aún dentro del carro, divagaba entre la imagen perfecta para aquel mundo y el camino que sus pasos recorrerían mientras retrocedía al lugar de donde había salido.

Arrepentirse antes de entrar a aquel lugar, nunca lo consideró. Verla era lo único que quería, decirle dos o tres palabras que el tiempo le había robado y que esperaban ser enunciadas aun cuando supiera que no tendrían más refugio que el aire. Mientras pensaba en las palabras que nunca dijo, ya había pasado la puerta principal, iniciaba otra de las tantas torturas que le carcomían en silencio el alma y el corazón; y no se trataba tan sólo de aquel olor a café que se introducía lentamente como una aguja en su estómago sabiéndolo como presagio de lo inevitable, mucho menos lo eran tantas personas desconocidas tocando su hombro y pronunciando una y otra vez esas palabras desgarradoras y sin sentido que en aquel instante no podían faltar. No fue el sentirse presenciar un anti-circo en el que al igual que en sus sueños quedaba terminantemente prohibido por consenso general llevar una sonrisa o un color vivo que pudieran quitarle protagonismo al anfitrión del momento.

Pudo pensar que se trataba de la misma tristeza que desde siempre le asistía, pero esta vez era más que eso, ¿acaso no se trataba de la ausencia? ¡Sí! Efectivamente lo era, era quien la acompañaba, además de una desmedida rabia por no lograr entender lo que sucedía a tan poco pasos de ella. Quizá una respuesta hubiese sido suficiente, o no, a lo mejor no lo hubiese sido, recordó que las respuestas sólo traen más preguntas, y más difíciles. No fueron en vano las miradas que hizo en torno al lugar: sólo percibió simple curiosidad, apoderamiento del dolor ajeno, consideración, pena, consternación, tristeza y sin lugar a dudas la maldita lástima de la que siempre renegaba, esa que llegaba, quiso creer, por añadidura.

No paró de pensar en lo absurdo que sería huir, aquella ausencia la perseguiría donde se ocultara, y ella lo sabía. Ya no se trataba de desafiar, no olvidaba que generalmente las situaciones nos enfrentan a nosotros, y cuando eso sucede, no hay tiempo para tomar el control. Logró acercarse a ella, y la imagen siguió siendo tortura en medio del desierto, porque esa, sería la última vez que la vería con sus ojos aún abiertos, y con aquella sonrisa fingida que conservó hasta el último minuto.

Su compromiso como la más cercana, era cerrar aquellos ojos que se rehusaban a hacerlo, que se negaban rotundamente a ir a otro lugar, a dejar de ver cada movimiento, cada gesto y cada mirada que se arrimara junto a ella. Sabía que el acercar su mano a lo largo de ese rostro era pronosticarse la muerte junto a ella, era sacrificar hasta el último de los sueños que tenía para esperarla durante la noche.

Ese fue el momento en el que logró entender que se le había pasado la vida esperando palabras y abrazos que nunca llegaron, porque no había conocido como quisiera a quienes la habitaron, a quienes habían llegado y se habían marchado. Y fue así que todo pasó tan rápido, y lo que antes había sido claro en aquel momento ya no lo era. No hubo manera de detener el tiempo, ni siquiera de ambientar el mundo que ya había creado para estar junto aquel ser que había sido para ella más que una luz de las que muchos creen salvación.

La mano finalmente había cumplido su misión, había recorrido el pasaje frío del que tanto huía. Y ahora, cuando aquella mujer se había marchado sin dejar rastro alguno, no dejó más que una marca en las palabras y la sensación de cansancio que sostiene el alma y que a cada minuto se acrecienta tratando de impedir que sus estantes se llenen de más ausencias y olvidos.

Xururuca.

Fuego

Para Akayi



El mar ondulante y yo
me encuentro en uno de sus
vórtices,
entonces tu me miras con
esos tus ojos de gigante,
de criatura mitológica,
soñando desde este borde de
mis abismos, buscándole
respuestas a la luna,
sabiéndote inmortal en este valle
de concreto y construcciones
oníricas.
Y entonces espero, espero no
encontrarte en mis lágrimas,
soñando con penetrar más allá
de estas murallas que nos
encarcelan.
Cazando atardeceres como si
fuéramos fantasmas, criaturas
Invisibles
escarbando en la arena eso que
alguna vez llamé mi alma, ese
juguete perdido en la nefasta
inmensidad.
Descuida, es tiempo de extraer
mi piedra de la “locura”


Por: Joaquín Ramírez Jiménez

jueves, 16 de septiembre de 2010

Y aún no comprendes

Sentada en la acera, su padre la observaba con incredulidad. Perdida y opacada por la presuntuosa voz, sólo afirma con aparentes movimientos de cabeza. Atendía no muy convencida a las reglas que le imponían:
- Mira, es fácil- decía su padre,tomando medidas de la extensa calle-, no creo que sea necesario volver a repetírtelo. Sólo cruza y regresas… Después de tantos intentos fallidos todavía guardo algo de esperanza, relativamente fácil…
Sin tanto preámbulo la niña se aventuró a cruzar la calle. Con cortos pasos iba poco a poco llegando a la otra acera. De vez en cuando giraba su cabeza para ver a su padre, que con las manos indicaba que continuara. De momento un vehículo chocó con el cuerpo de la niña, unos leves giros recorrieron toda la ornamentación del vehículo alejándola algunos metros atrás. El padre corrió a socorrerla: la determinó defraudado. El cuerpo yacía destrozado, gota a gota desangrando vital energía… Tomándola por sus frágiles brazos, levantó el cuerpo marchito. Fue de nuevo a la acera. Acomodó sus pies de tal forma que tocaran el asfalto. Sostuvo como quien ensambla un maniquí, limpiando algunas manchas para poder mostrar su producto:
- No entiendo por qué se te hace tan difícil –comentó su padre-, sólo tienes que mirar a ambos lados y lo tienes… ¡Ponle ánimo, tu puedes! Después de tanta práctica no entiendo por qué aun no comprendes –lanzando a la niña a repetir el ejercicio.

Hernán Grey Zapateiro
Noviembre 1 de 2009

jueves, 9 de septiembre de 2010

Los espectros del tedio
Golpean las puertas de la habitación
Mientras un cuerpo desolado
Intenta escabullirse por la ventana.
                                                                           
Liceth Ruiz
LIZHO

lunes, 6 de septiembre de 2010

BAJO LA NEVERA VIEJA


La idea de las cosas muertas es de mi mamá. Ella siempre habla de que cuando las cosas no sirven, están muertas y van a la basura o al fondo del patio. Desde hace años pienso en el fondo del patio como el camposanto de las cosas viejas, dañadas u obsoletas. Las cosas pequeñas o que no pueden venderse al chatarrero, van directo a la caneca y se la lleva la basura los miércoles, los viernes y los lunes. En casa hay un camposanto de cosas viejas, antiquísimo, más viejo que yo, no sé qué tanto, donde van a parar todas las cosas muertas. Es  mi mamá quien decide qué se considera una cosa muerta y qué tiene arreglo. Las cosas muertas van para el final del patio, contra la pared de ladrillos que algún día fueron de ese color y ahora son verdes y marrones.
Mamá es muy organizada. Ella lleva el inventario de quiénes han sido responsables de la muerte de las cosas y además es muy justa, porque se pone estrictamente al inicio de la lista:
Mamá, una nevera de dos puertas, una estufa comida, dos ollas desculadas, un caldero requemado, un pilón en desuso, un peinador apolillado y un armario con comején;
Papá, un taxi que ya no consigue partes, un escaparate oxidado, un baúl de herramientas dañadas;
Mi hermano, una Yamaha 80 que ya no tiene más arreglo, una bicicleta machacada con un bate de aluminio y un bate de aluminio machacado;
Yo… antes decía “juguetes desarmados” pero ya no están allí, mi mamá los guarda en un arcón en el que guardaba telas y vestidos de ocasión.
Conozco bien cada rincón en el camposanto de las cosas muertas. Es aquí donde juego todo el tiempo. Desde que mi hermano dejó de jugar conmigo, creció y creció, se fue para el ejército y no volvió, ya no juego en ningún otro lugar, sino aquí, en el camposanto de las cosas muertas.
A veces juego con mi vecino, bueno yo digo que es mi vecino porque me parece que es él, no estoy seguro y no me atrevo a preguntarle para no molestarlo. De lo único que me acuerdo de mi vecino es de cuando él se metía al patio a hablar con mi papá… dizque se aburría porque vivía solo… eso era antes de poner la pared de ladrillos, y lo último que recuerdo de él, es cuando estaba ayudándole a mi mamá a lavar la ropa y mi papá llegó y como que no le gustó y pelearon y mi mamá le pegó con el pilón en la cabeza. A nosotros nos hicieron entrar, mi hermanito, que era más pequeñito que yo en esa época, no se acuerda de nada, pero yo sí me acuerdo que mi papá nos amenazaba con una palera si nos asomábamos. Entonces escuché la pala haciendo un hueco en el patio y luego los vi sacar la nevera de dos puertas que teníamos y ponerla en el cementerio de las cosas muertas y desde entonces, Polanco, el policía, visita a mi papá los miércoles y los viernes, después del camión de la basura, para que mi papá le dé una plata.
Mi mamá nos prohibió ir a jugar en esa parte del patio, pero yo siempre fui desobediente y me metía en la nevera a jugar, me encerraba y jugaba a viaje al fondo del mar con mi hermanito pero casi siempre solo, hasta un día al medio día, después del almuerzo, que me quedé dormido dentro de la nevera y me despertó mi mamá llorando y me llevaron a urgencias y después, no me acuerdo. Solo me acuerdo de ver crecer a mi hermanito, de ver a mi mamá parada frente al arcón, sin abrirlo, de ver a mi papá sentado sin hablar donde se sentaba hablar con el vecino y claro, de mi vecino, aunque no estoy seguro que es él… pero sí, sí el él y tal vez algún día, que estemos jugando entre las cosas muertas, le voy a preguntar, si él no me dice primero.

William Hurtado Gómez, agosto de 2010